Lunes, 20 de agosto de 2018

Enhorabuena, muchachos

Solo porque os conozco tanto, tras muchas millas de viaje y polvo en el camino, ilusionantes partidas y regresos casi siempre victoriosos, pero también oscuros y llenos de dudas, encerraré con llave vuestros nombres y me limitaré a hablar de vuestros recientes éxitos. Muchos sabrán a quiénes me refiero, no importa. Otros podrán atar cabos, está bien, que lo hagan. Solo porque os conozco tanto sé que preferís que hubiera escrito sobre el derby o el Giro de Italia, del tiempo o del campo, verde como nunca en estas fechas pero, como solo de esta pequeña parcela en la que crecen las palabras soy soberano, como tal actúo.

Os pongo en situación: cada dos semanas, aproximadamente, los equipos de baloncesto de Castilla y León viajan a otros feudos para enfrentarse a los equipos contrarios en sus respectivos pabellones. La distancia mínima, al menos desde Salamanca y en la primera división autonómica, son los 110 kilómetros que nos separan de Valladolid, una distancia que los autobuses en los que viajamos, por desplazar a una mayoría de menores de edad, deben hacer a una media diez kilómetros por hora inferior a la convencionalmente permitida. Ello, unido a que los partidos se suelen programar en una misma sede, implica pasar entre nueve y catorce horas al cuidado de más de treinta adolescentes.

No sabéis lo que eso puede llegar a unir. Ni la cantidad de temas que acaban surgiendo en el marco de una conversación, toda vez agotado el recurso del baloncesto. Aunque lo cierto es que este da para mucho, pues son casi infinitas sus derivadas: sociológicas, didácticas, puramente deportivas. Y qué importante es poder compartir las emociones y sentimientos que siguen a un triunfo o una derrota, confesar los errores o las dudas y también, claro que sí, festejar los éxitos, declarar los propios merecimientos en un entorno en el que no encuentra sitio la falsa modestia.

Por eso hoy dedico esta columna a celebrar los éxitos de los equipos junior e infantil del C.B. Tormes, quienes con sus respectivos subcampeonatos regionales se ganaron el derecho de competir en un Campeonato de España en lo que representa un éxito sin precedentes (más aún cuando el junior ha logrado alcanzar los octavos de final) que es también el triunfo de todo un club. Sin embargo, para alguien que, como yo, conoce de primera mano “la soledad del entrenador” y todas las horas invertidas en el proceso, me apetece centrar los méritos en esas tres compañeras y en ese compañero, principalmente en ese compañero y en esa compañera de tantos viajes, que con su trabajo diario han hecho de sus equipos –talentosos, no cabe duda– grupos especialmente unidos y preparados para afrontar la adversidad, una circunstancia que, a lo largo de una temporada, e incluso en el transcurso de un único partido, resulta inevitable.

Ellos, a los que no cito porque los conozco y sé que no querrían ver aquí sus nombres, han sido los principales responsables del juego de sus equipos, de la madurez de sus jugadores y de la gestión de las emociones en momentos cruciales de la temporada. Ellos se merecen más que nadie, también por ser como son, paladear con delicada lentitud las mieles de este fantástico éxito. Enhorabuena, muchachos.