Martes, 21 de agosto de 2018

Stephen Hawkins cerebro y cuerpo

“Mientras el cerebro sea un misterio, el universo continuará siendo un misterio”

(Ramon y Cajal)

ENTRE PUENTES

 STEPHEN HAWKINS   CEREBRO Y  CUERPO

Cada vez que surgía alguna noticia sobre el científico (recientemente fallecido) Stephen Hawkins,  inmovilizado en su silla de ruedas, sin más relación con el mundo exterior que una pantalla de ordenador, comprendí que la persona es sólo un cerebro, al que la máquina del cuerpo ayuda a vivir, alimentándolo física y sensorialmente. Nada, excepto mi cerebro, me es imprescindible para ser yo mismo. Los diversos “aparatos” que conforman mi cuerpo cumplen una función meramente auxiliar para mantener vivo mi cerebro. El digestivo, el locomotor, el respiratorio, el circulatorio, el excretor, el genital, los órganos sensitivos, el sistema nervioso, el sistema endocrino. Todos, en su conjunto, constituyen una unidad funcional, responden a una bioquímica específica y se sostienen gracias a una determinada anatomía, en crecimiento hasta la madurez.

Pero todas sus actividades funcionales convergen en una única finalidad vital: el mantenimiento del más misterioso, inexplorado y asombroso órgano que constituye, mi cerebro. Cuando Ortega y Gasset enunció la famosa definición del yo, sumando las circunstancias ambientales y sociales, externas a la piel que delimita mi cuerpo (“Yo soy yo y mi circunstancia”),  entendía a la persona como un todo individualizado, desde los pies a la cabeza. Hoy en día, seguramente, hubiera diferenciado entre el cerebro y los “miembros auxiliares” del cuerpo. El cerebro puede dejar de funcionar mientras otros órganos mantienen con ayuda externa sus funciones propias, por meras reacciones químicas, ajenas a todo tipo de conciencia. Así ocurre, por ejemplo, con las células de la córnea, de las uñas, del cabello, en todos los difuntos. Se puede mantener la actividad química en un estado meramente vegetativo, mientras el cerebro presenta un encefalograma plano. Pero ese cuerpo en postración no soy yo, sino la máquina que durante un tiempo mantuvo mi cerebro con vida. Porque entiendo la vida como la conciencia de estar vivo.

Y porque, aunque parezca contrario a la experiencia, sólo sufre mi cerebro. Tanto si me rompo una pierna como si se ulcera mi estómago, el único que siente el dolor es mi cerebro, santuario de mi conciencia y el lugar sagrado donde fabrico y escondo mis pensamientos y sentimientos. Pensamiento que puede incluso mover un brazo robótico mediante un implante electrónico. A la ciencia se le abren múltiples campos de avance en la investigación neuronal, impensables hace muy pocos años. Mientras se mantenga el cerebro vivirá la persona, aunque los órganos auxiliares estén trasplantados o fabricados artificialmente.

La odisea intelectual del catedrático de Cambridge, el más conocido físico teórico del mundo, nos pone delante de los ojos el testimonio más dramático de esta verdad que pocos se atreven a admitir. Su maravilloso cerebro seguía elucubrando sobre las leyes últimas que gobiernan el universo, mientras su cuerpo era un despojo humano, del que sólo conservaba el control de dos dedos de su mano izquierda. Stephen Hawkins vivía porque vivía su cerebro, alimentado por el oxígeno que le aportaba la sangre purificada en sus pulmones e impulsada por su corazón. Sangre y oxígeno que, desde luego, puede recibir, como vemos a diario, de órganos artificiales. Me sumo a la opinión de ese quien dijo: “la muerte está en la cabeza. El resto es casquería”.

Pero en ambos casos, no pasa de ser una sugestión muy personal, la primera elaborada por la razón y la segunda por la imaginación, esa poderosísima fuerza que domina mi existencia toda. Sin imaginación no existiría ni la atracción sexual, ni la repulsión racional. Ambas –imaginación y razón-viven ocultas en lo más profundo de mi cerebro, al que la primera quiere engañar y la segunda desengañar. Comprendo que “yo” soy mi “cerebro”, pero ¿sería yo mismo sin el resto de mi cuerpo? Eso es lo que me enseño ese profesor sin movilidad que miraba con ojos de compasión. Sin embargo, yo no podría vivir sin acariciar la piel de otro ser humano, a ser posible una piel joven, tentadora y suave, sin pensar nunca en la miseria que oculta en su interior, porque, para mis sentidos, “eso” es un cuerpo. No me enamoro del cerebro. Lo puedo admirar, comprender, compartir ideas y sentimientos. Pero no acariciar, que es la esencia del amor. No hay cuerpo sin piel, como no hay cerebro sin neuronas.

 Pero mi razón (¡esa engreída ama de llaves!) me dice que me olvide de mi cuerpo (y de todos los cuerpos). No somos más que cerebro. Y con él desaparecerá esta vida, que “amo, que aborrezco, que no entiendo”.

 

                Fermín González salamancartvaldia.es        blog taurinerias