Martes, 21 de agosto de 2018

El libro, de Feria

No son pocas, 38, las Ferias del Libro que bajo una buena dirección se llevan celebradas en la ciudad de Salamanca y, por supuesto, debemos sentirnos orgullosos de quien tuvo la feliz idea de celebrar la primera, origen de una tradición que en el incomparable marco de la Plaza Mayor se puede disfrutar acompañada de conciertos y otras actividades que la enriquecen y hacen de ella una de las más atractivas de nuestro país.

Las ferias de los libros son un paso más en la historia de la escritura, que se une a la historia de la humanidad desde el instante mismo en el que el hombre primitivo siente el deseo de comunicarse en su más elemental espacio vital.

Sobre ello, que son hechos muy prehistóricos, solo nos queda echarle mucha imaginación, y podemos pensar que el hombre, desde el primer instante en el que toma conciencia de que debe cuidar a sus criaturas y comunicarle sus costumbres, emplea cualquier rama de árbol para dibujar (o escribir, lenguaje jeroglífico) en la tierra o en la arena todo tipo de peces, pájaros, sol, estrellas, etc. y de esta forma buscar una equivalencia entre sus ruidos guturales y los signos a los que quisiera referirse.

De aquello, pasados muchos miles de años hasta que llegaron a nosotros los conocimientos de los pueblos egipcios, griegos, romanos, chinos, mayas, etc., se crearon multitud de alfabetos que nos hacen ser conscientes de que el hombre, sin conexión entre civilizaciones, ha tenido procederes muy parejos, dado que las necesidades han sido las mismas y como ser superior entre los homínidos, evolucionó más allá de la mímica.

Además, el ser humano, aparte de intercambiar conocimientos, siempre tuvo necesidad de comunicar su filosofía y su poesía, en una palabra, su arte, que en tiempos lejanos fue mediante inscripciones sobre piedra, metal o cerámicas, muchos llegados hasta nuestros días, y también lo haría, imaginamos, en soportes más débiles, como la madera, que se perdieron.

El papel no fue utilizado por el hombre hasta, aproximadamente, el año 150 a. de C. mediante un producto de origen vegetal, el papiro, y otro de origen animal, el pergamino, sobre los que escribía con pincel y tinta, y de los que se conservan documentos muy antiguos no destruidos por los bárbaros, todo gracias a la labor sacrificada y desprendida de los monjes durante los siglos X al XIV de nuestra era.

Pero la verdadera innovación llega con la Imprenta, y fue gracias al alemán Johannes Gutenberg en 1434 con la fundición de letras metálicas compuestas con plomo, estaño y antimonio, letras móviles que se podían reutilizar y con la que llegó la gran revolución de la escritura, imprimiendo grandes cantidades de libros y expandiendo la cultura a todos los lugares de la tierra.

Esto ha significado que a lo largo de cinco siglos el papel (en impresos y recibos en general) y el libro en particular haya significado un medio de comunicación para el estudio y para la difusión de la Historia, las Lenguas y las Ciencias, aparte de ser el vehículo principal de los grandes noticieros y del ocio por excelencia, con la publicación de novelas, teatro, libros didácticos y ensayo en general.

Hoy, inmersos en una nueva era, la digital, el papel intenta ser sustituido por la lectura virtual. Un hecho que, por fortuna, los libros lo resisten. Nada se puede prever respecto del futuro, pero los primeros ensayos con el e-book, de gran impacto en ventas hace cuatro o cinco años, en la actualidad ha decaído y los lectores siguen optando en su mayoría por el libro tradicional.

MIS RAZONES PERSONALES

Dos razones me han empujado a escribir sobre el libro y su Feria: la primera, aunque la última en el tiempo, fue la satisfacción que tuve en su momento, hará ocho años, de haber podido presentar en ella mi “opera prima”, aquel libro, hoy mejorable, del que nunca me avergonzaré, como ningún escritor debe sentir detrás los fríos pasos de una obra que siente que le persigue.

Todos (usted también, amigo lector) somos escritores, todos tenemos pensamiento, lo único que nos distingue es la vocación, la perseverancia y como talento una escala de grises o de colores en la que todos estamos con mayor o menor saturación, pero sería absurdo pretender situar un techo de mínimos en un Shakespeare o un Cervantes.

Lo más importante para el escritor como para cualquiera que tenga un hobby o practique un arte es disfrutar del momento, aunque quien intente dejar su sello sobre la piedra de la posteridad será porque hace algo más y, por tanto, hay que respetarlo.

Y mi otra razón para escribir sobre el libro es el haber ejercido en mi juventud el oficio de copiar libros ajenos en una linotipia, todo un avance en las artes gráficas desde finales del siglo XIX a las postrimerías del XX, en la que la composición de libros o periódicos ya no se hacía letra a letra, sino línea a línea, una máquina de la que el gran Edisson, admirado por la mecánica del ingenio, la bautizó como “la octava maravilla del mundo”. Maravilla también desaparecida bajo el diluvio de la informática.

Pero nada de nostalgia. Los cambios hay que aceptarlos y seguro que a la postre será para mejor.