Martes, 21 de agosto de 2018

Celebraciones primaverales

Celebración de la Santa Cruz en San Felices de los Gallegos

La fiesta es una de las creaciones humanas más decisivas. Es un universal o arquetipo presente en todas las culturas y –a partir del rito, de la celebración, de la imbricación de lo religioso y de lo profano, de la danza, de la indumentaria, de los cantares, procesiones, tauromaquias, dramatizaciones, etc.– configura una extraordinaria cartografía del ser humano y de su modo de pautar el tiempo cíclico y estacional, esa rueda del año que analizan todas las indagaciones de tipo antropológico y etnográfico.

Uno de los autores que, con mayor profundidad, ha analizado el sentido y las funciones de la fiesta en la sociedad es el ruso Mijail Bajtin (1895-1975), sobre todo en su análisis del Carnaval, en esa obra impagable que es la titulada ‘La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de François Rabelais’, publicada en 1941, que editara por primera vez en nuestro idioma Carlos Barral y que ha tenido posteriores reediciones en otros sellos editoriales; obra en la que se analiza, a través de los textos de Rabelais, el escritor francés renacentista, de un modo muy profundo el sentido de la fiesta, centrándose principalmente en aspectos carnavalescos, pero no solo.

Desde San José (19 de marzo) hasta San Juan Bautista (24 de junio), esto es, desde la festividad que marca el equinoccio primaveral hasta la del solsticio de verano, se suceden, a lo largo de la primavera, toda una serie de fiestas primaverales marcadas por esa exaltación del resurgir de la vida y de la renovación del tiempo, como las cuentas de un rosario que culmina en las celebraciones sanjuaniegas.

San Marcos (el 25 de abril) es una fiesta de bendición de los campos, al tiempo que estamos ante un santo vinculado con el agua (“Agua, San Marcos, / rey de los charcos”). La cruz de mayo (día 3 de tal mes) es una fiesta en la que se sitúan esas cruces y altares enramados, o esas mayas, desparramadas por diversos ámbitos peninsulares, como verdaderos ritos de reverdecimiento de los campos y de toda la vegetación; recordemos esa elaboración simbólica del ‘árbol de la cruz’ tan característica de nuestra cultura.

Pero enseguida se van sucediendo las fiestas de la Ascensión (fecha en la que, según la creencia popular, los pájaros no mueven los huevos de sus nidos), las romerías marianas (algunas, en tierras salmantinas, muy hermosas: el Cueto, Valdejimena, la Virgen de Majadas Viejas en La Alberca y otras), el Corpus Christi, San Antonio de Padua, santo tan popular, pastoril y entrañable, hasta desembocar en San Juan.

Las fiestas de primavera son muy hermosas a lo largo y ancho de las tierras salmantinas. Habría que conocerlas mejor y valorarlas más. Constituyen un patrimonio inmaterial que no tendríamos que dejar perder. Y uno de los modos de revitalizar nuestra tierra es promocionando tales fiestas y visitando nuestros pueblos cuando las celebran. Eso es crear identidad, a partir de unas creaciones culturales y populares como son las fiestas, que tienen todas ellas significaciones muy profundas.

Y las de primavera son bellísimas; un buen pretexto para recorrer nuestra tierra y conocerla mejor.