Martes, 21 de agosto de 2018

Yo sí te creo, mujer

La semana pasada enmudecí por causa de aquella sentencia que volvía a castigarla, como si hubiera sido poco, como si no hubiera importado, como si su cuerpo fuera nada más que aquello que se ultraja, de trapo, una muñeca rota. Todas. Todas las palabras se aquietaron sofocadas por el dictamen que celebraba, por infinitésima vez, el rugido del más fuerte, su hostilidad.

¿Por qué los salvan?

Busqué respuestas en todas las noticias impresas, página por página, y volví a encontrar el recuento de aquella noche en la que una mujer fue embestida por una jauría de hombres llamados manada. Avistada, elegida, acorralada, atacada, violentada, violada, rota por todas sus costuras, de la piel y de la carne y de la mente, agujereada. Dicen los jueces que no opuso resistencia y que por eso. Que tendría que haber gritado más fuerte. Que tendría que haber hecho, que tendría que. Pero los lamentos más agudos siempre son inaudibles porque llegan en frecuencia ultrasónica. ¿Qué otra cosa puede hacer una mujer avasallada por cinco cuerpos rebosantes de colmillos? Anestesiarse, desasirse del dolor para romper con su carne, lívida de desesperanza, las tenazas de ese infierno. ¿Qué otra cosa podía hacer, por dios, qué otra cosa?

Me he lanzado a las calles con ellas, mis hermanas, y hemos aullado juntas con el mismo silencio. He recordado a mi vecina, la del piso de abajo en esta ciudad dorada, a quien una noche oí gritar me está matando y entonces yo llamé a la policía. Tuve miedo por ella y por mí, ¿cómo podía yo bajar a detener el ataque, el ruido de cosas rompiéndose, los bramidos de varón que la insultaban? Se fueron de aquí hace tiempo y espero que ella esté bien. La busco entre la multitud, quiero que sepa que la pienso, que estamos todas aquí, que no está sola.

He callado tantas veces, tantas cosas. He callado la tarde en la que un desconocido se plantó frente a mí para decirme, impositivo y estruendoso, qué buen par de tetas, obligándome, así, a cambiar de camino, a llamar la atención de la señora que paseaba a su perro para hacerme ver y pedirle, señora, déjeme caminar a su lado, por favor, hasta llegar a casa. He callado las noches en las que he sujetado el teléfono en la mano con el 112 preparado en la pantalla porque un hombre cualquiera caminaba demasiado cerca, los momentos en los que he acelerado el paso, alerta siempre. He callado aquel mediodía de verano cuando un varón joven a quien nunca antes había visto paró su bicicleta, en seco, al lado mío y plantó la palma de su mano en mis nalgas antes de escapar a toda prisa, no sin antes mirar para atrás y reírse de mi miedo, de mi voz temblorosa susurrando «imbécil». Esa tarde estuve mirando a la pared, desconcentrada, mustia e impotente, sintiéndome agredida hasta los huesos, preguntándome por qué.

¿Porque soy una mujer? Este miedo, este cambiarme de acera cuando veo miradas que me inspiran desconfianza, este pedir que me acompañen, este caminar a toda hora con los puños tensos repitiéndome a mí misma que soy capaz de cualquier cosa con tal de defender mi espacio, mi integridad, el cuerpo que soy y esta piel que solo puede tocar quien yo decido. Capaz de cualquier cosa, con tal de sobrevivir a mi estado de mujer en peligro.

Ahora tengo otros vecinos, se llaman Marta y Julián. Ella está en cuarto de carrera y a él nunca le he visto la cara. El martes festivo uno de mayo me despertaron los rugidos de Julián gritándole a Marta que era una zorra, gritándole a Marta que no tenía que haber ido a estudiar con los del grupo, gritándole a Marta que mientras él estuviera pagando el alquiler ella se quedaba calladita que así se veía mejor, gritándole mucho a Marta, mientras Marta, al otro lado de mi muro, aquí tan cerca en esta ciudad dorada, lloraba, lloraba. Puse mi mano, temblorosa, sobre esta pared que nos separa y tuve miedo por ella y por mí. Él tiraba platos al suelo, él golpeaba la mesa y decía inhumanidades, él derramaba sombra.

Qué guerra es esta, me pregunto, incomprensible. Cinco varones contra una mujer, y la injusticia que los salva.

Escribo desde el hueco de mi voz atorada en el nudo que llora en las gargantas. En ese hueco amanece un sol distinto: las mujeres y los hombres de mi especie se miran con respeto, y la historia vuelve a empezar sin que ninguno sea costilla de nadie.

El futuro es mujer o no será.

Yo sí te creo, hermana.

Salamanca, 4 de mayo de 2018