Domingo, 19 de agosto de 2018

Sucedió una noche

Hay algo gris en el oficio de portero, es evidente. Está en sus cromosomas ser el aguafiestas oficial, la última frontera antes del júbilo y la algarabía que suscita el gol, el gran grito colectivo de nuestro tiempo. Tal vez por ello, a modo de compensación, se le conceden ciertos privilegios.

Es verdad, no verán al cancerbero correr por la banda ni bregarse en el centro del campo por una pelota dividida, pero lo peor de todo es que su tarea, además de ser poco vistosa, lleva serigrafiado el sello de la tragedia.

Tarde o temprano, a lo largo de una carrera que suele ser prolongada, un balón hará un efecto raro y se le colará entre las manos. No cabe duda, en algún momento de su trayectoria saldrá debiendo quedarse bajo los palos o se quedará bajos los palos debiendo salir. Es seguro que alguna bola se colará por el primer poste por haber prestado demasiada atención al centro y también que alguna otra entrará por el palo largo por cubrir con demasiado celo el corto.

Y en solo una ocasión, en casi veinte años como profesional, dudará sobre si utilizar las manos o los pies para despejar un balón que le viene cedido por un compañero y fallará estrepitosamente. Esto fue lo que a Sven Ulreich, guardameta suplente del Bayern Munich, le sucedió en el Bernabéu.

Su acción será recordada como leyenda negra del fútbol español son aún los errores de Arconada en la final de la Eurocopa del 84 y el de Zubizarreta en el primer partido del Mundial de Francia contra Nigeria (admito que en esta leyenda negra también se encuentran los “no goles” de Cardeñosa y Julio Salinas). Su “cantada”, en jerga futbolística, ensombrecerá para siempre los errores garrafales de James Rodríguez y Cristiano Ronaldo, jugadores que multiplican en treinta o cuarenta veces el salario de Ulreich, con la portería prácticamente vacía.

De hecho, ambos atacantes acabaron felices el partido y durmieron, seguro, a pierna suelta. En el camino a la gloria que conceden goles de chilena (o libre directo) y portadas de magacín, se aceptan con naturalidad remates fallados y disparos al aire.

Cuando el gol es solo una expectativa, no parecen compartir conjugación los verbos marcar y encajar. Para empezar, el primero revela acción y el segundo padecimiento; el primero está presente en muchos deportes como sinónimo de puntuar, mientras que el segundo, en todas las ocasiones, pero especialmente en el idioma del boxeo, anticipa un mal. Marcamos goles, canastas o puntos y, sin embargo, encajamos parciales desfavorables, breaks o golpes.

Es más, psicológicamente aceptamos peor que nos quiten lo que ya teníamos (la victoria o el empate en el marcador) que el hecho de no lograr aquello a lo que aspiramos (empatar o adelantarnos en el marcador), lo que, en su defecto, nos deja como estábamos. De ahí que la responsabilidad del portero vaya más allá de la del delantero y que sus méritos, en cambio, se diluyan.

En su caso, la parada salvadora fosiliza la situación anterior, mientras que el error, la cantada, nos coloca ante el abismo. Un abismo ante el que no cabe el grito de desesperación de la grada que sigue al fallo del punta. Un abismo que mata dos veces, la primera con su silencio.