Domingo, 23 de septiembre de 2018

Más allá de la Manada

         ¿Qué hay verdaderamente detrás de “La Manada”? Seamos sinceros: un grupo de hombres, casi todos con antecedentes por violencia, hombres que afirman en sus tatuajes, en sus conversaciones, en sus actitudes, el deseo de divertirse a través del alcohol, de la pelea, del sexo. Hombres capaces de grabar sus “divertimentos” y mostrarlos ante la chanza general. Posiblemente sus juergas no sean conductas punibles, ni siquiera considerando que alguno de ellos debería ser ejemplar por pertenecer a ciertos cuerpos de protección del estado. Posiblemente salgan indemnes de alguna actitud que se les va de las manos tipo Pozoblanco. Vale. De estos hay muchos en la fauna nocturna, son guapos, son fuertes, se escudan en el grupo, se tatúan el nombre del mismo y son todos para uno… y es posible que hasta algún día maduren, tengan pareja, hijos, familia… y que recuerden sus andanzas con una risotada en la barra del bar. De esos hay muchos.

         ¿Y que hay verdaderamente detrás de este caso atroz? Esa inmensa permisividad con la que disculpamos ciertas conductas: el desmadre de la fiesta popular, el exceso de alcohol, la falta de claridad ante lo que es consentimiento y lo que es violencia sexual. Ni los ayuntamientos, ni los comerciantes que venden alcohol a los menores son capaces de atajar el problema, me disculpan, pero creo que por interés. Otra cosa es que padres y educadores no sepamos verdaderamente cómo resolverlo. Permisividad en todos los niveles, chulería machista, deseo de pertenecer al grupo, a la manada, absoluta falta de empatía, dificultad para aceptar un no por respuesta, consideración de la mujer como una “tía” que sirve para satisfacer. El resultado, para mí, es absolutamente obvio: no hay más casos en la palestra pública porque no se denuncian, porque la mujer, la muchacha sencillamente no quiere someterse a más invasión. Porque es posible que sí te fueras con ellos porque te gustaba uno, porque es posible que sí fueras bebida y no quieres que nadie lo ponga negro sobre blanco. Cierto.

         El caso de Pamplona no debe ocultar la gravedad de una situación que quiero leer desde las raíces: una cultura de la diversión basada en el abuso en todos los sentidos. Abuso de alcohol, de prepotencia, de inseguridad que hace que sigamos al grupo aunque no nos guste lo que se hace. Abuso hacia la mujer. Esa mujer que debe, de forma injusta, cuidarse muy mucho y que baja las defensas a determinada hora de la madrugada, cuando el alcohol, o el deseo o la confianza te hace derribar los mecanismos de defensa. Porque cualquier mujer sabe que esos mecanismos existen. Ojito con el portal, ojito con la calle sin gente, ojito con el que te lleva a casa en coche. Pero no desconfías del que te gusta, del noviete, del ligue ocasional al que te quieres ligar o te quieres tirar ¿Podemos hablar más claro? De ese no desconfías y resulta que es el que te convierte en un kleenex y te pasa a todos los amigos. Y entonces sucede. Y es posible que tengas la valentía de denunciarlo. El resto de la historia ya la conocen, pero pensemos ¿Qué hay detrás? Una conducta que se repite noche tras noche y fiesta tras fiesta. Una conducta social sobre la que deberíamos reflexionar. La del abuso, la de la diversión a través de la prepotencia. Infamia.

Charo Alonso / Fotografía: Fernando Sánchez Gómez