Con las cosas de comer no se juega

Además de los quebraderos de cabeza que nos proporcionan a diario el process catalán, la inestable situación internacional, o la discutida sentencia de La manada, nos faltaba reparar la otra pata que debe sostener el banco de pruebas populista: firmar un contrato con Arabia Saudita para la construcción de cuatro corbetas en los astilleros de Navantia. ¡Vade retro! ¡Con la ética político-económica hemos topado!  Ya quisiera Messi gozar de la misma rapidez y habilidad para efectuar sus remates “a bote-pronto”, que la exhibida por la izquierda utópica y rancia a la hora de condenar la venta de material bélico a un país en el que no se respetan los derechos humanos. Esa misma izquierda que no ha movido ni un músculo para combatir el continuo atropello de esos mismos derechos en otras dictaduras que tanto han contribuido a su puesta de largo.

Tengo la satisfacción de ser amigo de un trabajador jubilado -no muy culto, pero muy buena persona- que, cuando llegó la democracia, me decía que su voto estaba a la izquierda del PSOE porque, desde niño, su padre le advirtió  que el obrero siempre debía votar a la izquierda. Nunca ha renunciado de esos sentimientos pero, en un alarde de sinceridad, llegó a confesarme que la música de la izquierda puede ser encantadora, pero la letra es otra cosa muy distinta. Cuando conoció de cerca la prédica de compañeros de los sindicatos y luego comprobó cuál era su verdadero comportamiento, se le vino abajo su esquema. Si mala era la dictadura –me decía- éstos no son mejores. Él sigue aferrado a la izquierda que le predicó su padre, aunque su pensamiento está muy lejos de lo que significan hoy las propuestas que  presenta esa izquierda. Los paraísos gobernados por regímenes marxistas acaban convirtiéndose en verdaderos campos de concentración de ciudadanos sin libertades y sin derecho a decidir, donde unos pocos ostentan el poder –el político y el económico- y el resto debe trabajar para esa minoría, si quiere sobrevivir.

En una de mis etapas profesionales, tuve responsabilidades en una empresa de armamento sujeta –como la mayoría, en aquella época- a la crisis general que sacudió ese tipo de industrias. La falta de pedidos provocó varios ERE y la irremediable reducción de plantilla. A título particular, comentando la situación con algún miembro del Comité de Empresa, salían a relucir los desórdenes y sabotajes internos que, lejos de presionar a la Central, ponían en peligro la continuidad de aquella precisa fábrica. Acababa de visitar en el extranjero alguna factoría del mismo  ramo, en la que, con una plantilla cinco veces menor, se conseguía la misma productividad y no peor calidad. Eso me daba pie para exponerle que lo que espera cada responsable de una empresa es que sus empleados produzcan algo más de lo que cobran; cosa que en la nuestra no se cumplía. ¡De eso, nada! –me contestó-¡Que se j…. la empresa! Pronto comprendí la razón de aquella réplica. Los miembros del Comité de Empresa tenían garantizado su puesto de trabajo.

Conozco de primera mano la situación laboral de la Bahía de Cádiz, incluidos los astilleros. Llevan varios años malviviendo –a base de elevadas pérdidas- e implorando la acción del gobierno para buscar soluciones a la crisis actual, que no es exclusiva de España. La Sociedad Española de Participaciones Industriales (SEPI), a la que pertenece Navantia, está involucrada en la implantación de un nuevo plan industrial, dependiente de los fondos de la misma empresa y de lo que se plasme en los PGE, tendente a enderezar el rumbo de la empresa. La situación catalana está retrasando la aprobación de los Presupuestos,  lo que equivale a la paralización de los proyectos de inversión en los distintos departamentos. Si falla la inversión pública y se quieren defender los puestos de trabajo, habrá que hacer cartera de pedidos en el sector privado. En embarcaciones de carga, de pasajeros o de guerra. Con una particularidad; ninguno que pase necesidad despreciará un plato de comida adquirido sin infringir la ley. Lo que despreciemos nosotros, a otros les vendrá muy bien. La guerra no es buena, y nadie en su sano juicio la desea. Tampoco es bueno el crimen,  el terrorismo o el tráfico de drogas y, sin embargo, a ninguno se le ocurre prescindir del ejército, los jueces o la policía. El ser humano, desde que tiene uso de razón, conoce la ley natural y sabe distinguir perfectamente el bien del mal. Lo que sucede es que Dios tuvo la feliz idea de hacernos libres para que, en contra de esa ley natural, se nos ocurra de vez en cuando ir contra corriente para romper el imperio de esa ley natural.

Yo pregunto: ¿Dónde están los que debían haber protestado los pedidos de navíos de guerra que nos hicieron Venezuela y Bolivia? Pongámonos las gafas de ver las cosas tal como son, no como a nosotros nos interesa que las vean los demás. Cuando la izquierda abogaba por la supresión del servicio militar, solía poner como ejemplo el caso de la pacifista y neutral Suiza, que es la nación europea donde más duración tiene el servicio militar, la que tiene más armas por ciudadano –sólo detrás de EE.UU. y Yemen- y con una industria armamentística – la décima más importante del mundo- responsable indirecta de avivar conflictos bélicos suministrando municiones y armamento, también a países donde no se respetan los derechos humanos. A veces, el fanatismo nos impide ver la realidad.

Si alguien es consecuente con sus principios, le invito a que intente convencer a los obreros de Navantia de la conveniencia de no firmar el contrato con Arabia Saudita. También hago extensiva esta invitación a los dirigentes de CC.OO. y UGT. Eso sí,  cuando descansen del paseo dado en Barcelona para  apoyar el independentismo y solicitar la puesta en libertad de quienes han sido capaces de dar un golpe de estado. No van a tener muy fácil explicar su postura a los afiliados que estén pasando dificultades.