A nadie le amarga un dulce

Hace unos días pude compartir comida en Zaragoza con un jubilado que me contaba que estuvo más de treinta años trabajando en una fábrica de chocolates, en concreto la de los míticos “Huesitos”. No solo disfruté de la conversación con el paisano, sino de las cosas que me contaba de su época de currante. A medida que iba hablando, mi cara no podía dejar de expresar la sorpresa y admiración por lo que aquel Mañico me contaba. Me decía, que su jefe repartía suculentos beneficios anuales entre los trabajadores, siguiendo aquella máxima que decía: “Aquí si ganamos, ganamos todos”.

Me comentaba también que él estaba en el Comité de Empresa y que cuando había negociaciones si los trabajadores pedían 2, la negociación se cerraba rápidamente porque el empresario automáticamente les daba 3. También me comentaba que a partir de una determinada hora, nadie podía quedar trabajando por aquello de que el jefe entendía que sus trabajadores también tenían que tener tiempo para descansar y disfrutar de sus familias. Y me seguía contando lo bien que trabajaban, el buen rollo que había en la fábrica y lo motivados que desarrollaban su tarea.

Y me dio por pensar en el viaje de vuelta, en que hoy todo esto sería motivo de película de ciencia ficción al más puro estilo “Charlie y la fábrica de chocolate”, de cómo se han cargado lo que deberían ser las normales relaciones laborales, en la tasa de paro superior al 16 %, en los trabajos de mierda que se ofertan hoy en día con condiciones y salarios acordes al adjetivo, en la incompetencia e ineptitud de la clase política que solo ve y legisla bajo el paraguas de la economía capitalista.

Esa economía a la que el Papa Francisco se ha referido en alguna ocasión como “la economía de la exclusión e inequidad que mata”. En fin amigos…hice ese viaje de vuelta a tierras charras con la alegría y esperanza de saber que gente buena y honesta siempre hubo y habrá y con la certeza de saber que como sociedad lo llevamos “clarinete” si esto del trabajo lo empezamos a ver como un privilegio y no como un derecho.

Por ello, no desaprovecho cualquier ocasión para manifestar mi rabia y deseo de que las cosas vayan por otros derroteros: recogida de firmas, voto, manifestaciones, círculos de silencio…Todo me vale menos la indiferencia y el inmovilismo. Ojalá algún día impere el sentido común y las cosas se muevan por otros intereses que sirvan para dar dignidad a las personas y no solo para arrodillarse y adorar al vil metal. De mi depende. Y de ti…también.

Toño Villalón