Lunes, 20 de agosto de 2018

Vivimos rodeados de iniquidad...

Hay muy pocos estudios acerca de la iniquidad. Muchos cristianos, y la mayoría de los ciudadanos,  desconocen el significado de esta palabra a pesar de ser mencionada en varias ocasiones en la Biblia, y estar de moda practicarla y ser inicuo por la mayoría de la ciudadanía. La clase política, muchos famosos de pensamiento vacuo, los que crean tendencia o moda, etc., son el paradigma del superhappy o de la iniquidad, hago lo que quiero porque quiero, porque tengo o tenemos nuestra razón, porque la verdad la impongo yo.

Según la RAE “iniquidad”  significa “maldad o injusticia grande”. En la Vulgata se tradujo por la palabra griega anomía. Ambas palabras significan falta de ley o negación de la ley. En este sentido, anomía o iniquidad sería un calificativo adecuado al liberalismo actual en el que vivimos con toda justicia y verdad, puesto que el liberalismo se desvincula de la ley divina, y a día de hoy de toda ley exterior al propio individuo, incluso la creada por los propios ciudadanos para su perfecta convivencia. Es verdad que hay leyes que con el tiempo o en determinadas situaciones pueden ser inicuas, pero el hombre debe saber discernirlas y aplicarlas de acuerdo con los principios morales.

Creamos o no, para el que quiera leer y aprender, Jesucristo anunció que volvería pero antes habría un periodo de dificultad y de extendida iniquidad. Según nos cuenta el evangelio de San Mateo la civilización se desmoronara; la violencia y los disturbios se extenderán de tal manera que a los habitantes del planeta quedarán atemorizados por las cosas que van a suceder, “porque habrá una gran tribulación, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta el presente, ni volverá a haberla”.

A día de hoy es tanta la iniquidad que ya nadie la reconoce. Estamos dentro de ella. Por lo extendida y diseminada que está actualmente la iniquidad podemos afirmar que se ha convertido en el pecado del mundo. Para muchos el liberalismo actual, nuestra sociedad, no es sino la iniquidad personificada en diferentes formas y en distintos ámbitos. Muchos actuando en la mayor de las iniquidades creen estar haciendo el bien.

Para quien conoce a Cristo y su mensaje de salvación no es ningún misterio ni sorpresa el hecho de que se incrementen sobremanera los desórdenes, la injusticia y, con ello, la iniquidad. Esta situación debe ser para nosotros un desafío para que no fracasemos. Debemos atesorar siempre las palabras de Jesús cuando nos dijo según San Mateo: “El que persevere hasta el final, ése se salvará”.

Con este relativismo moral llegamos a lo que en la Teología Moral se le conoce por “moral de situación”. Juan Pablo II dedicó duras críticas a ese relativismo moral engendrado por el liberalismo que ha creado a la sociedad global actual. Entre sus muchas críticas hay especialmente una, severa y memorable, en su Encíclica “Veritatis Splendor” o “El esplendor de la verdad”, en la que defiende la objetividad de la ley natural y del mal moral en contra del relativismo y el subjetivismo moral. Incluso el Papa Benedicto XVI no cesa de señalar y refutar el relativismo moral como uno de los grandes males del mundo actual.

Sería correcto afirmar nuestra sociedad peca, se está degradando moralmente, a causa de aquella iniquidad consistente en querer liberarse de cualquier sujeción a la ley divina o terrena, en beneficio de la autodeterminación de la voluntad del individuo o de la implantación de una determinada tendencia, que muchas veces el propio individuo no sabe a quién beneficia. En definitiva, la iniquidad no es sino el rechazo hacia quien lleva la Ley a su cumplimiento. Para el cristiano quien ignora, desconoce o prescinde de Dios, comete la iniquidad total, última y extrema. Es la negación a Jesús, quien no vino a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento. Debemos ser conscientes de que en la medida en que nos opongamos al mal y, con ello a la iniquidad, será la medida en que la propia iniquidad no se enseñoree ni de nuestro corazón ni de nuestra vida. El mal avanza. La realidad está silenciando a la verdadera moral.