Miércoles, 23 de octubre de 2019

Vinculaciones campesinas

Este pasado jueves, asistí, en un pueblecito leonés de ribera, de apenas veinte habitantes residentes de continuo, al entierro de un hombre, que no alcanzara los ochenta años, humilde campesino, residente con permanencia en su lugar y en su área comarcal.

La tarde de abril era luminosa y vibrante. En la atmósfera y en la tierra, se plasmaba ese tiempo nuevo, naciente, que insuflaba el ánimo de todos. La germinación de árboles y plantas, la floración de algunos de ellos, la delgadez y los aromas del aire, parecían ser un contrapunto a los oficios fúnebres. Como si muerte y resurrección estuvieran echando un pulso.

Siempre me ha resultado llamativo, en determinadas áreas castellanas y leonesas que conozco, esa vinculación campesina, que se percibe en determinados momentos, como los entierros u otros acontecimientos que atañen a la vida comunitaria, cuando los vecinos y vecinas de los pueblos del entorno acuden a la despedida de quien ha fallecido.

Y, en esta ocasión, en esta tarde luminosa y primaveral del pasado jueves, me parecía que estaba teniendo una extraña suerte: era como si estuviera asistiendo a una escena medieval, que hubiera leído en esas extraordinarias y lúcidas páginas de los historiadores medievalistas franceses, como, por ejemplo, Jacques Le Goff, o Georges Duby, entre otros, de quienes tanto he aprendido.

Son escenas –sentía– que pertenecen al pasado, que ya no son de nuestro tiempo, un tiempo que ha perdido no pocas de las magias del existir. Y es un privilegio tener experiencia de ellas, de un tiempo, de un ritmo, de un estar en el mundo, como es el de nuestros ámbitos campesinos, tan humildes, tan verdaderos, un mundo en el que –como expresara Walter Benjamin– aún existía el aura en todo lo existente, también en el de la despedida de los vecinos y vecinas, cuando se van de este mundo.

Y ese recogimiento y esa vinculación humana, en el tránsito de la iglesia al pequeñísimo y humildísimo cementerio, eran sobrecogedores, como también lo fue el momento de depositar los restos fúnebres en tierra.

Recordé, en la contemplación de los muros que acotaban el cuadrado de tal diminuto cementerio, el poema de Miguel de Unamuno, “En un cementerio de lugar castellano”. Hubo una exposición –no hace mucho tiempo– en Salamanca, que se titulara con uno de los versos del poema unamuniano, “corral de muertos”, que expresa muy bien el carácter de tales cementerios, pese a que escandalizara (lo indicó en un sermón) a un fraile de mi pueblo (con el que me llevo bien y al que aprecio), al desconocer el poema de Unamuno. Cuando se lo indiqué, advirtió ya el carácter que tal expresión adquiría.

El hombre al que despedíamos –al que conocía desde los años ochenta, pues es el lugar natal de mi esposa– era un campesino sobrio, cabal, humilde, atento, un ser humano bueno, marcado –como todo el paisanaje de nuestra tierra– por esa vinculación con los demás, a la que casi es fiel –como los demás, como todos– por instinto.

Fue, la del pasado jueves por la tarde, para mí, una experiencia privilegiada. Pude asomarme a los tiempos medievales; a ese concepto paulino de cuerpo místico, percibido en esa cristiandad antigua que aún pervive en nuestros pueblos.

Y de tal experiencia salí purificado. Sentimiento que se me fue imponiendo al regresar a la ciudad en el coche.