Lunes, 20 de agosto de 2018

El desdén

Las palabras poseen matices que ayudan a definir mejor la realidad - ¿o es la realidad la que genera las palabras? - Son producto de una arquitectura milenaria articulada a través de experiencias muy variadas que, a su vez, incorporan en su seno las respuestas con sus consiguientes dosis de éxito o descalabro. Las palabras constituyen un ejército muy numeroso de palomas mensajeras que pareciera que moran en un palomar sin gobierno. Un nido encastillado donde se entrecruza el ir y venir, en el que un falso albur es aparente responsable del (des)orden. Hay disciplinas que se ocupan de ello con fruición, como la lingüística, la filología o la semiótica, usando un método de aproximación que confiere rigor científico y cierto grado de predictibilidad a su tarea. Otras, la mayoría, son subsidiarias. Se enfrentan con temor a las palabras que tienen que determinar con tino; se necesita, en aquel momento, que las que alcanzan un cierto nivel conceptual se operacionalicen haciéndose prácticas. La ciencia política es una de esas disciplinas.   

Los estudios que tienen por finalidad entender la democracia, sus códigos a la hora de definir determinadas instituciones o el papel que juega en la sociedad han aumentado exponencialmente en las últimas décadas. Ha sido entonces cuando han aparecido diferentes términos aplicables a situaciones nuevas o que se definían con complejos entramados atinentes a los propios problemas abordados. Así, surgieron vinculadas al mundo de la política palabras como desconocimiento, desconfianza, desencanto o desafección. Trataban de precisar actitudes de la gente para con la política y se arrancaban al acervo del diccionario con interpretaciones precisas acopladas en torno a modelos del comportamiento político. En este caso se asociaban con patologías de la representación, tanto desde el funcionamiento de la oferta como de las actitudes y acciones de la demanda.

Hay, no obstante, una palabra profundamente castellana cuyo uso para esos menesteres ha sido marginada hasta el momento. Contiene en el universo que abarca un sentido último de que quien lo hace es porque tiene una alternativa que considera más válida y quiere, además, advertir a la audiencia de que su inconformidad, mezclada con una pizca de disgusto, justifica de sobra la acción. Su práctica es habitual en las relaciones sociales y no pasa desapercibida, aunque normalmente no llega a suponer un serio agravio. El desdén es un gesto mohíno, insignificante, pero, como si de una pirueta infantil se tratara, dice mucho de quien lo ejecuta y casi nada del que lo recibe; sin embargo, a veces escuece al desdeñado y quien desdeña puede sonreír, efímeramente, en su interior. En ese escenario controvertido me pregunto, no obstante, si no es la lógica “del desdén con el desdén se paga” el inicio de la espiral de la pérdida de confianza y, por ende, el preludio de cualquier quiebra sistémica. La suave humillación que todo desdén contiene apertura, entonces, un camino hacia un precipicio del que resulta muy complicada la vuelta atrás. Si es así, ¿podrá la ciencia política operacionalizar el desdén?