Jueves, 18 de octubre de 2018

Hablar de poesía

“...yo, poeta sin brazos, perdido
entre la multitud que vomita...”
FEDERICO GARCÍA LORCA,  “Paisaje de la multitud que vomita – Anochecer de Coney Island”,
en Poeta en Nueva York,  1929.

Hace años, el director de un diario en el que publicaba mis artículos, filípicas hacia el por aquel tiempo alcalde de mi ciudad, aunque no solo, me negó publicar en aquel periódico crítica teatral porque, decía, que yo mismo fuese director y autor teatral me despojaba de la suficiente objetividad como para juzgar a mis compañeros de tablas. A través de ese razonamiento, más bien fútil, parecía instituir aquel director una categoría de críticos ajenos a la disciplina que analizaban, una especie de censores mirones, y negaba a un teatrero como yo la posibilidad de opinar públicamente sobre teatro, al escritor, de la obra de otros, a cualquier fotógrafo decir ni mú sobre fotografía ajenas o, en fin, a cualquier artista la opción de hacer pública su opinión sobre la obra de quienes con él compartían inquietud creativa. De un plumazo, de haber podido, hubiera terminado aquel director con la brillantísima crítica artística creada por artistas-críticos del, digamos, ramo propio.

Viene a cuento este prólogo autobiográfico (por el que pido disculpas), para tratar de explicar por qué el poeta que esto firma, con más de cuarenta libros de poesía publicados y premiados por jurados de todo el mundo, se atreve con una reflexión contraria a lo que hoy día se ha dado en llamar poesía y beligerante contra las estupideces, vacuidades, bobadas y textos sin talla literaria alguna que actualmente vienen conociéndose como poesía, publicándose y publicitándose como mera mercancía cultural, y que están falseando y transmitiendo equivocadamente el conocimiento de la naturaleza de lo que es, en realidad, un texto poético o, por extensión, lo que es poesía.

Se sabe lo que una novela es, un ensayo, un artículo o un cuento, e independientemente de su calidad literaria, sus autores han creado una obra que normalmente puede reconocerse y encuadrarse en un género determinado. La poesía, sin embargo, depende de un juicio absolutamente subjetivo del lector, no en cuanto a su calidad literaria, que también, sino, sobre todo en cuanto a la capacidad de comunicación emocional de un texto y, por eso, el conocimiento de la auténtica poesía es indispensable para no confundirla con lo que no lo es (quien conoce la poesía sabe, enseguida, si un texto que se dice poético lo es o no). Porque siendo la poesía el género que más exigencia artística precisa, más dominio lingüístico, más capacidad expresiva y más familiarización con las formas, los modos, el desarrollo y crecimiento de la poesía en la historia de la Literatura (y aun del mundo), y exigiendo tanto del el autor como de los posibles lectores una enorme carga de atención, autolectura, complicidad y conocimiento, está siendo trivializada con burda ignorancia,  confundida con determinadas habilidades lingüísticas, chuleada por ripios, letrillas, frasecitas, juegos de palabras de todo tipo, crucigramas verbales, cancioncillas, homenajes, diatribas, pataletas, cartas, ocurrencias y otras experimentaciones  y glosolalias que sería interminable relacionar.

No serán estás líneas las que se atrevan a definir lo que es poesía, porque no faltarán osados que lo hagan, pero si al firmante le ha sido permitido el legítimo orgullo de haber dedicado su vida a la poesía, puede decir que ha significado una liberación, que gracias a ella he podido alcanzar cierto grado (escaso) de purificación, me evado, encuentro un yo que, estoy seguro, es sincero, natural y sin dobleces, y eso es así cuando puedo, sin circunstancias atenuantes, encontrar la poesía. La busco, la busco y aparece solo de vez en cuando. Esta palabra, poesía, que para muchos no es más que un pretexto para malentendidos, recitales de egos y espejos deformantes, para mí representa un mundo a través del cual puedo comprender por qué he nacido, y puedo desde esa comprensión mirar a mis semejantes y saber que una palabra, un fulgor, un sonido bastan para conjurar algo la desesperación y alzarme en un universo donde buscar alivio a la herida de estar vivo, un universo que me pertenece y al cual pertenezco, y con el que, si se me permite expresarme así, formo cuerpo. Mi ambición al ser poeta es explorar lo insólito... y estoy todavía aprendiendo a sumergirme, y quiero escribirlo, en esa dimensión desconocida de lo que soy, siendo uno más entre los seres humanos... e intentando con mi lengua y mi idioma y las palabras y los silencios y las respiraciones y la brutal ceguera de la que no acabo de despertar... intentar lo insólito, que no lo original, en la poesía;  intentar el verbo que diga de quien me lea, y que no es, como pretenden los diccionarios, aquello que es contrario al uso, a las reglas, a los hábitos... Para mí la poesía, y esa comunicación con los ojos que leen, y ese abrazar al que tal vez no pide abrazos, es lo único verdadero en este mundo en que todo es falso, convencional, aceptado, “como debe ser”, exigido e impuesto por la vulgaridad que teme... a todo.; e intento, tal vez en vano, escapar de lo vulgar porque lo vulgar es miedoso, y el miedo, pretencioso. Pero sobre todo, la vulgaridad se teme a sí misma, a ver su rostro en el espejo, a su mezquindad automática, a su vértigo diario, a su propia imagen, a su existencia misma... 

Y, al final, un poeta se atrevió a hablar de poesía...; no fue tan grave, director.