Jueves, 16 de agosto de 2018

Aquella vieja Unión a la que la nostalgia ha perdonado todos sus vicios

“Lo poco que sé acerca de este duelo que está teniendo lugar en la aldea tiene que ver con este intento de apropiación de los símbolos originales, del grial y la sábana santa”
Alineación de la UDS en 1997-98

Si me permito redactar este texto es porque vivo totalmente ajeno a la realidad futbolística salmantina, a los dimes y diretes entre seguidores de Unionistas y Salmantino a escasas horas de que se dispute el derby (infórmense en otras páginas sobre el lugar y la hora porque no tengo ni idea).

Temo, desde mi desconocimiento de la historia de ambos clubes, del vínculo que cada cual reclama con el equipo del que fui socio tres años, la Unión Deportiva Salamanca, poder herir ambas sensibilidades, convertirme en una suerte de enemigo en común, aunque eso pudiera finalmente reconfortarme.

Como buen Zhivago, aunque ni médico ni poeta, renuncio al frentismo entre los rusos blancos y los bolcheviques y me exilio en mi particular Varykino interior, una morada igualmente fría y asediada por los lobos. En ella trato de explicarme por qué surgen las rivalidades, qué hay en el germen de este inasible rencor hacia el otro.

Probablemente, más allá de las explicaciones culturales que nos hemos venido dando para poder llamar “logos” a lo que sigue siendo “mythos”, la esencia de cada uno de estos duelos resida en cualidades más viscerales, ancladas en nuestro cerebro reptil y asociadas, en definitiva, al deseo de dominación de un territorio, a una mayor competencia para la reproducción y, por lo tanto, a un íntimo anhelo de supervivencia.

Ello sin descartar las hipótesis más románticas, relacionadas con actitudes heroicas o salvíficas que luego, inexorablemente, terminarán degradándose en relatos maniqueos en el que los buenos son siempre los que más se parecen a nosotros: los que hablan nuestro idioma, practican nuestra religión o entierran con el mismo ritual a sus muertos. O los que enarbolan los mismos símbolos, idolatran los mismos dioses –estén en un altar, en una celda o una tumba– y se aprenden las mismas canciones para engrandecer su causa y degradar la del vecino.

De hecho, lo poco que sé acerca de este duelo que está teniendo lugar en la aldea tiene que ver con este intento de apropiación de los símbolos originales, del grial y la sábana santa de aquella vieja Unión a la que la nostalgia ha perdonado todos sus vicios.

Me parece fantástico. Como amante del deporte y de la literatura no puedo sino alabar la construcción de todas estas pequeñas leyendas que tratan de ampliar el exiguo radio en el que se mueve nuestra existencia. De igual manera, como salmantino en adopción, celebro la vehemencia e irracionalidad con la que se ha abordado todo este asunto, pues solo la fe mueve montañas y es capaz de atraer riqueza, aunque sé que muchas veces esto va de decidir quién es el más pobre, a quién le queda mejor el jersey del hermano y a quién se le murió antes el padre. En fin, que gane el peor.