Martes, 18 de septiembre de 2018

Una primavera árabe enquistada

Para tratar de encuadrar el ataque efectuado el pasado sábado por fuerzas de USA, Reino Unido y Francia contra instalaciones de Siria, hay que retroceder varios años, hasta la llamada Primavera Árabe. Lo que comenzó siendo una revuelta popular, hace ya ocho años,  contra las dictaduras de algunos países árabes, se ha convertido en una cadena de conflictos armados, en la aparición de organizaciones terroristas muy poderosas y la permanencia de otras dictaduras.

En el caso particular de Siria, el enfrentamiento que se inició en 2011 entre el ejército del presidente Bashar Al Asad y la población descontenta, en forma simple guerra civil, se ha convertido en una confrontación de dos bloques irreconciliables más la aparición de un tercero en discordia, que hace la guerra por su cuenta –nunca mejor dicho-, y que pasará al historia con el triste nombre de  grupo terrorista ISIS, EI o Daesh, con aspiraciones de constituir un estado en forma de califato universal. Cuando los rebeldes levantados contra el régimen amenazaban con aniquilar a su ejército, Irán acudió en ayuda del gobierno para recuperar la iniciativa. La consecuencia directa fue el apoyo de Arabia Saudita a los sublevados. Con este continuo toma y daca, la originaria guerra civil interna se transformó en confrontación Oriente-Occidente por la intervención descarada de Rusia y EE.UU apoyando a cada bando.

Si todas las guerras civiles se tiñen de verdaderas atrocidades, el prolongado conflicto de Siria ha causado medio millón de muertos, 5 millones de desplazados y otros 5 han tenido que huir a países limítrofes. El territorio sirio lleva varios años convertido en el palenque de enfrentamiento de dos mundos antagónicos: de un lado, la feroz tiranía del presidente Al Asad, y del otro, una especie de guerrilla interna que intentaba acabar con el dictador empleando los métodos tradicionales de los conflictos bélicos. Pronto se complicaron los términos por la entrada en acción de más elementos externos. Los intereses particulares y la geoestrategia, ante el temor de conseguir “occidentalizar” a Siria, hicieron que Irán y Rusia acudieran en su auxilio. Por las mismas razones, pero en dirección contraria, EE.UU y Arabia Saudita se pusieron del lado de los rebeldes. A rio revuelto, aparece un nuevo elemento encargado de enrarecer la situación: el aparato seudoreligioso, fanático y yihadista, que siempre aprovecha para hacerse presente de la manera más brutal y sangrienta; el Daesh. Desde tiempos del mismo Mahoma, la escisión del islamismo en diversas ramas –sunitas, chiitas, alauitas, etc- han convertido el mundo árabe en un mosaico de religiones cuyas diferencias no saben dirimir sin derramamiento de sangre. Aunque los sunitas son el grupo más numeroso del islam, la rama alauita, que es minoritaria en Siria, controla sin embargo casi todos los centros de poder. A este grupo  pertenece la familia del presidente Al Asad y los mandos de su ejército.. La unión de alauitas y chiitas explican la alianza de Siria con el furibundo bloque antiisraelí de la zona: Irán, Siria y el partido Hizbulá, que ha conseguido convertirse en estado dentro del Líbano. Los opositores iniciales a Al Asad pertenecen a la rama sunita y cuentan con todos los militares desertores. A partir de 2014, hizo su aparición el autodenominado Estado Islámico, luchando contra del gobierno y, a la vez,  contra los rebeldes, tanto moderados como fanáticos. Si de la península Arábiga recibe ayuda el bando que inicialmente combatió a Al Asad, de otras naciones de la misma península,  y de la recluta hecha por todo occidente, les llega la ayuda a los terroristas del Daesh, que utilizan el conflicto para que sus combatientes aprendan el manejo de las armas y, sobre todo, el de los explosivos. En una palabra, de ese escenario salen todos los terroristas que, debidamente fanatizados con la teoría yihadista, adquieren la práctica necesaria para eliminar a los “infieles” de Occidente.

Con estos antecedentes, unos y otros han conseguido arrasar la práctica totalidad del territorio sirio. Nadie ha puesto el mínimo interés en velar por la seguridad de la población civil. Al contrario, ante la posibilidad de que un bando se erigiera en vencedor absoluto de la contienda, los más débiles han intentado huir de las posibles represalias abandonando la zona de conflicto. Y digo intentado porque, desgraciadamente, no siempre lo han conseguido. Cuando el frente está en las ciudades y la población civil carece de medios para ponerse a salvo, es inevitable que se produzcan bajas entre el personal no combatiente, Pero cuando son los mismos combatientes quienes buscan la forma de debilitar al enemigo masacrando a esos inocentes desarmados- muchos de ellos niños-, ya no estamos hablando de conflicto armado sino de barbarie terrorista. Cuanto mayor es el atropello, menor es la moral del contrario. Esa ha sido la táctica empleada, tanto por parte del tirano Al Asad como por el Daesh. El primero no ha vacilado a la hora de masacrar poblaciones enteras ocupadas por los rebeldes, empleando toda clase de medios, desde bombardeos y fusilamientos masivos hasta componentes químicos. Los “golpes” del Daesh son más conocidos fuera que dentro de Siria, pero su especialidad en ese frente –y otros similares- siempre ha sido la “ausencia” de prisioneros, la ejecución de personal secuestrado o el “uso y disfrute” de niñas secuestradas por centenares.

Ante hechos consumados se pueden adoptar medidas admitidas y consensuadas por los organismos internacionales. Esto que suena tan bien, la realidad ha demostrado a lo largo de los años que no surte efectos. Cuando se creó ese organismo tan modélico y bien intencionado llamado ONU, y su  Consejo General con el sibilino derecho de veto de los “cinco magníficos” (EE.UU., Rusia, China, Reino Unido y Francia), nació provisto de la oportuna herramienta de inutilidad. Todas las confrontaciones modernas vienen revestidas de una poderosa razón  económica en peligro y, observando el credo político de esas cinco potencias, es imposible que puedan coincidir en sus intereses. Nunca. Hasta en algo tan peligroso como la disuasión nuclear, todos huyen de aparecer en posición desfavorable. Por todo ello, cuando la gravedad de los hechos es tan evidente, es inútil perder tiempo en reuniones del Consejo de Seguridad, porque siempre asomará uno o varios vetos. Hasta ahora, siempre ha sido así.

Si se atropella gravemente el derecho de gentes, provocando terribles masacres, y nadie se da por aludido, corremos peligro de acabar con la humanidad.  El ataque a Siria del sábado pasado se hizo sin reunión previa del Consejo -aunque todo el mundo lo sabía-  No es la primera vez que Al Asad emplea armas químicas para aniquilar a la población civil, como tampoco es la primera vez que aparecen fosas comunes tras la ocupación de territorios rebeldes. Rusia nunca autorizaría un ataque a Siria, entre otras razones,  porque tiene allí abundantes tropas y armas. Desconozco si las imágenes que hemos visto de mayores y niños atacados con productos químicos son reales o falsificadas, y puede que nunca lo sepamos; pero eso no es razón suficiente para dejar al tirano que atente una y otra vez contra personal indefenso e inocente. Alguien debe tomar la iniciativa, porque aquí no vale tampoco el diálogo -sencillamente porque nadie lo busca- Sí se contó con la aquiescencia de la OTAN y la participación de alguno de sus países. De todas formas, no debemos exagerar la nota porque unos se han cuidado muy mucho de fallar ni un milímetro, para evitar daños colaterales, y otros han procurado ponerse a buen recaudo para no verse salpicados. Tampoco existen sorpresas a la hora de comprobar la relación de condenas al ataque. Son los de siempre. Los que nunca han condenado las barbaridades del bando contrario –que, en este caso, es el de muchos de ellos.