Martes, 25 de septiembre de 2018

2 minutos para la medianoche

 

Entretenidos estamos con noticias de asesinatos truculentos –a ser posible de niños–, violaciones en grupo y peleas en estadios deportivos; aburridos con las idas y venidas de políticos desde los charcos de ranas a los juzgados y de estos a la cárcel, (o de Barcelona a “ Waterlú”, como dicen los reporteros); y distraídos con las fotos, frustradas o no, de la real familia. Que son, como escribe S. Halimi, de Le Monde Diplomatique “temas jadeantes que no sirven más que para retener la atención y para suscitar el voyeurismo, la compasión tonta, el miedo”.

Con todo eso, decimos, parece que el campo visual de este país se reduce cada vez más al de un patio vecinal, con un parloteo amplificado por unos medios atrincherados bajo la voz de su amo, mientras el minutero global corre fatídicamente hacia la medianoche. La reflexión que sigue de esta constatación es desoladora.

Hablamos, claro es, del Doomsday Clock,  o reloj del apocalipsis, que mide el tiempo que nos queda hasta la extinción como especie, teniendo en cuenta los dos peligros más graves que acechan a la humanidad: la carrera de armamentos, especialmente nucleares, y el deterioro general del medio ambiente. Y aquí parece como si la política exterior se hubiera esfumado de la agenda de los partidos políticos, más allá de ocasionales referencias a la troika de la Unión Europea como agente principal de la desigualdad social y de la política de servilismo hacia la banca y las grandes compañías. Desbordados como estamos con los problemas locales parece que nos vemos sin fuerza para atender a problemas aún mayores, los cuales, sin embargo, tienen cada vez más peso en nuestro destino colectivo. Y pronto vemos además que falta un tercer problema global: el de la desigualdad social e internacional creciente, inducida por esas políticas dictadas por los intereses de las grandes compañías.

Según el reloj, éste sería el peor momento para el planeta y sus habitantes desde la II  Guerra mundial, con excepción del de la aparición de la bomba H (1953). En los últimos años, las potencias se han empeñado en reavivar una nueva Guerra fría, con la novedad de que ahora a la clásica bipolaridad EE.UU./Rusia se suman otros focos antagonistas: China, Irán, Corea del norte, sin que el punto de tensión principal, el avispero de Oriente Medio, tenga visos de apaciguarse. Se vuelve al dogma demencial que equipara seguridad con armamento, olvidando la principal enseñanza de la primera Guerra fría: la noción de la seguridad global compartida, de la que se derivan las de la virtualidad de la negociación y la idea de un destino común para todos los “miembros de la familia humana” (feliz expresión de Naciones Unidas).  

Ni siquiera sabemos cuántas cabezas nucleares hay en los nueve países que las tienen. ¿10.000, como dice el BOAS?, ¿15.000, como señala Guterres, secretario General de la ONU?. Es igual, pues aunque hubiera la mitad, o la cuarta parte, el peligro sería el mismo: la destrucción mutua asegurada y la de toda vida en el planeta. Y con Trump al mando de las fuerzas armadas de Estados Unidos y en posesión del maletín atómico. Y con la OTAN ampliando su presencia militar en los países bálticos, en Polonia y en Rumanía y solicitando de nuevo el crecimiento del presupuesto militar a los países miembros. Y con la ministra del ramo cantando a la muerte con la Legión no muy lejos de Rota, donde parte de la flota española sirve de auxiliar al sistema antimisiles norteamericano. Por si atacan Irán o Corea del Norte, se dice.