Martes, 25 de septiembre de 2018

He venido a hablar de mi libro

     Recuerdo con nostalgia no exenta de ternura a Don Francisco Umbral, creador de lenguaje o notario de la lengua de la calle, la del pueblo, en continuidad no sé si buscada o encontrada con la literatura crítica del Siglo de Oro. Gozaba de una libertad expresiva digna de servir de inspiración a los que intentamos escribir y que, a su vez, le permitía tratar cualquier asunto con desenfado. Hijo de nuestro tiempo, o tal vez no, porque las redes sociales todavía no se habían desarrollado, frecuentaba los platós de televisión donde opinaba de todo y de su contrario; y justo cuando le contrariaban y la discusión no discurría por donde él quería, sacaba a relucir su famosa expresión: Bueno, pero “yo he venido a hablar de mi libro”.

     Todos hablamos de nuestro libro, aunque no queramos explicitarlo, porque, como dice la escritura sagrada, “de la abundancia del corazón habla la lengua”, paremia (refrán, proverbio, adagio, sentencia) indirectamente inspirada en el Evangelio de Lucas, capítulo 6, verso 45. Conste que me perece poco elegante hablar directamente de uno mismo, o tal vez sea que la timidez intenta vestirse de elegancia, o que convenga no ser demasiado directos para no expulsar abruptamente de la línea al lector, sino ayudarle a dar rienda suelta a sus propios recuerdos y pensamientos, entretejidos con los del que escribe, que a fin de cuentas todos habitamos el mismo mundo, aunque lo abordemos con distintos lenguajes, todos ellos complementarios.

     “Mi libro”, esta vez, es mi canonjía, algo no buscado por mí, que soy más dado a las segundas líneas y al trabajo de zapa, que a “subirme al candelabro”, pero es lo cierto que ayer tomé posesión como canónigo del Cabildo de la Catedral de Salamanca, a propuesta de los canónigos y del obispo D. Carlos y por nombramiento de éste. Todavía no sé muy bien qué voy a poder hacer, aparte de seguir en mis actuales responsabilidades pastorales como párroco “in solidum”, o sea, al alimón, a dúo, “de dos en dos”, como Jesús enviaba a sus apóstoles, junto con mi compañero Poli Díaz en la Unidad Pastoral del Centro Histórico, y como Consiliario diocesano del Movimiento Scout Católico en Salamanca.

     No sé qué voy a poder hacer porque, aparte de cumplir con mis turnos en las celebraciones de la Catedral –de momento nos han dado a José Luís Sánchez Moyano, el otro canónigo electo, y a un servidor, un mes de “noviciado”, o sea, de no figurar en primera línea para poder ejercer aquella actitud tan sabia de nuestros mayores: “oír, ver y callar”, que habría que modernizar un poco: escuchar –si es necesario instalándose un sonotone-, intentar comprender y preguntar, para retroalimentar la escucha y la comprensión y ayudar a la eficacia de la acción.

     Ayer, para mí, fue un día bonito por la presencia de familiares, por el cariño de feligreses pasados y presentes -¡Gracias, sobre todo, a algunos de los más mayores que, en contra de mi consejo, decidieron arriesgarse al frio-; particularmente emotivo fue reencontrarme con antiguos alumnos de la Escuela Hogar de Santa Marta y, sobre todo, con decenas de scouts, de varias generaciones y de todas las edades. Comprensiblemente triste fue la ausencia de la mayor parte de los compañeros sacerdotes; si se hubiera celebrado por la tarde otro gallo hubiera cantado, pero eso habría dificultado la presencia de familiares. No pasa nada, tiempo tendremos de acogerles cariñosa y efectivamente en múltiples ocasiones. Curioso fue observar las reacciones de muchos turistas, nada acostumbrados a ver las catedrales llenas de fieles que celebran la fe.

     Sé que tendré que corresponsabilizarme de cuidar el culto divino, gestionar el mantenimiento del ingente patrimonio histórico, artístico y cultural que guarda el complejo de nuestras catedrales con el generoso aporte de los turistas. Me pongo a soñar y sueño con evangelizar por medio de la Belleza atesorada y esforzadamente mantenida durante muchos siglos por Cabildos anteriores y continuada por el actual. Sueño con ver la catedral llena de salmantinos que vienen a orar, a celebrar, a deleitarse, a afinar la espiritualidad, a sentirse piedras vivas de la Iglesia diocesana en torno a nuestro obispo, el actual, Don Carlos, que ha confiado en mí, y el que venga después de Él. Sueño en particular con volver a disfrutar de una catedral llena de niños y jóvenes que, no sólo no se dejan abrumar por las piedras, sino que van aprendiendo a navegar entre ellas y las sienten como el salón de estar de su casa, un salón bien grande del que se puede presumir y sentirse orgullosos. Sueño, en fin, con poder compatibilizar la gestión económica del turismo con un planteamiento pastoral que facilite que la catedral, las catedrales, y el complejo que éstas engloban, sea percibido como su casa y una prolongación natural de su parroquia.

     Hago memoria histórica y me sonrío conmigo mismo recordando preguntas que todo sacerdote se ha hecho alguna vez: pero esto de los canónigos ¿para qué servirá? Me sonrío y me aplico una dosis intensiva de cura de humildad para que no se me olvide lo que soy: un chico de pueblo, un cura rural con una cierta vocación pedagógica y algunas inquietudes intelectuales que ahora, de momento, vagan entre las nervaduras de las bóvedas o se arrastran por los sótanos catedralicios después de haberse asentado en lugares varios de la geografía física y espiritual de la diócesis. Como decíamos en la tarjeta de invitación para la toma de posesión: orad por nosotros para que no os defraudemos ni a Dios ni a vosotros.