Martes, 25 de septiembre de 2018

Gaza: la penúltima infamia

Enredados en el marujeo informativo que domina este país; nadando “informativamente” entre trifulcas de reinas, extradiciones de catalanes, falsificaciones universitarias y ataques a Venezuela, la noticia de la penúltima ofensiva homicida israelí contra los palestinos de Gaza ocupa la esquina del último rincón informativo de papel, radio y televisión, y no merece siquiera alusión en esas pedestres tertulias de especialistas en todo (o tratada con una parcialidad, tendenciosidad y falsedad que debería avergonzar no sólo a los periodistas que la pregonan sino, sobre todo, a los dueños de la realidad que la dictan).

El frío exterminio del pueblo palestino iniciado en 1948 con la creación del estado de Israel (cómo necesitamos un repaso a la historia política del siglo XX, específicamente a las circunstancias que rodearon la compraventa de Palestina), ha alcanzado estos días otra de las cotas de mayor sevicia con el ataque indiscriminado a muerte contra menores y ancianos en Gaza, ofensiva “narrada” con esa indignante y acostumbrada indiferencia de la llamada “comunidad internacional” que en todo lo que afecta a Israel y sus desmanes viene mostrando los más altos ejercicios de hipocresía. Vetos en foros supranacionales de evidente arbitrariedad al cese de la violencia, condenas “de boquilla” a los crímenes israelíes en tribunas levantadas con la manipulación y sostenidas por las plusvalías, magnificación exagerada (el pleonasmo, por una vez, es útil) de la débil resistencia palestina con imágenes y testimonios tendenciosos, impostados (y falsos) llamamientos a la neblinosa categoría de “la paz” y, sobre todo, una parcialidad a favor de Israel establecida ya como verdad irrefutable en las cuadrículas de “lo correcto”, una indiferencia criminal y unas ceguera y sordera diplomáticas que avergüenzan, siguen imperando en organismos y gobiernos de casi todo el mundo con respecto a la sistemática asfixia, reducción y exterminio de Palestina.

Desde hace décadas, y todavía, miles y miles de habitantes de Gaza y Cisjordania (los guetos más infames y duraderos de la historia), son encarcelados, expulsados, agredidos y, sobre todo, asesinados por ser palestinos, o convertidos en refugiados de por vida, cercenado cualquier atisbo de futuro para generaciones enteras, además de las escalofriantes cotas de sufrimiento, hambre, enfermedad y miseria a que han sido y son sometidas por criminales bloqueos y brutales asedios unas poblaciones  palestinas agonizantes, desesperanzadas y casi genéticamente tristes, en una interminable guerra de escandalosa desigualdad que, todavía, todavía, los medios de comunicación occidentales y las versallescas cancillerías del oropel se empeñan en calificar de simétrica.

La indignante diferenciación entre los “actos terroristas” palestinos y los “procedimientos militares” israelíes, siempre a favor de “lo justo” de éstos, que se ha asentado como irrefutable realidad demostrada en la propaganda occidental, no oculta sin embargo la brutal injusticia que se está cometiendo con una nación, Palestina, cuyo futuro se revela con tal evanescencia  que solo un muy improbable cambio radical en la ciudadanía de las democracias del mundo, podría alterar.

La interminable campaña de desprestigio de la lucha palestina y la manipulación de la realidad del Medio Oriente iniciada en 1948, particularmente en lo que respecta a la naturaleza y significado del estado de Israel y los territorios palestinos (sus fronteras, su historia, su misma existencia...), propiciada en todos los órdenes, desde el cultural al político, por la influencia financiera mundial del estado judío , unida a esa especie de coartada que Israel blande con la continuada rememoración del horror de El Holocausto (el genocidio nazi de los judíos europeos en la Segunda Guerra Mundial), parece otorgar al país de Sharón y Netanyahu (pero también de Grossman, Ana Frank y Finkielkraut)  patente de corso para anular cualquier atisbo de diálogo de pacificación y reconocimiento de los derechos de Palestina, y hacen que la progresiva eliminación de una nación y su gente de la faz de la Tierra, una de las mayores injusticias contemporáneas, siga teniendo lugar ante la indiferencia, la complicidad y el apoyo explícito o tácito de gobiernos, prensa, organizaciones, foros, partidos o personajes cuyas estaturas éticas y principios morales dejan, sin duda, mucho que desear.