Martes, 23 de octubre de 2018

Un gol ant(r)o(po)lógico

El pasado martes, unos cuantos afortunados vieron incrementados sus ingresos en alguna de las numerosas casas de apuestas anunciadas en Internet después de haber invertido unos euros a que Cristiano Ronaldo marcaría el primer gol tras el descanso en el partido que enfrentaba en Turín a Juventus y Real Madrid. El mismo martes, en una habitación de Berlín, Londres o Roma, un ultra reservaba sus billetes de avión para el mundial de Rusia tras haberse puesto de acuerdo con sus camaradas, y los de enfrente, para lincharse a discreción en las calles de Moscú. En otro cuarto, algo más lujoso, un representante se frotaba las manos por los comentarios vertidos en una prestigiosa revista comparando a su representado con el astro portugués.

 

No hay manera de esconderlo. El fútbol es un gran negocio, un sumidero de oportunistas, parásitos y violentos que acuden a la llamada del dólar, o de la masa, desprovistos de escrúpulos, ética o manual de buenas prácticas. Pero también una comunidad de fieles que se sientan a observarlo con una devoción mucho más inocente e ingenua en un ritual que ha sustituido ya al de la misa de los domingos o la lectura de cuentos en torno a la hoguera. El magnetismo del fútbol, su irracional poder de atracción, entronca necesariamente con el bipedismo de nuestra especie, una cualidad que nos permitió experimentar con las manos, portar armas y, al parecer, desarrollar nuestro cerebro y ver adaptadas nuestras mandíbulas y dentaduras para la formación de nuestro aparato fonador, lo que en última instancia nos capacitó para el lenguaje y la comunicación.

 

Quizá porque crecimos golpeando desde muy pequeños latas vacías de refresco o pelotas de goma solemos olvidar la dificultad coordinativa que supone trasladar un móvil con los dos puntos de nuestra anatomía que nos mantienen anclados al planeta. Cada vez que conducimos un balón con el pie, lo pasamos o lo controlamos, reducimos en un cincuenta por ciento o más nuestra estabilidad, volviéndonos frágiles ante la acción de otras fuerzas distintas a la de la gravedad. No digo nada cuando saltamos, tratando de hacer coincidir nuestro vuelo con el de la pelota, haciendo ecuaciones mediante la fórmula del aprendizaje intuitivo y el hábito adquirido por la repetición.

 

Más aún si durante el salto el homo sapiens sapiens invierte su posición habitual y se tumba literalmente en el aire hasta colocar la bota dos metros por encima del suelo en el momento en el que el balón, en plena parábola, pasa por su lengüeta, convirtiéndose en un proyectil empujado por la fuerza tractora de una pierna que actúa como una catapulta que, con la precisión de un rifle, envía el balón al ángulo inferior izquierdo de la portería. Entonces tenemos el gol de Cristiano, un estadio rival aplaudiendo y el regreso a los sonidos primitivos que nos dimos para mostrar el asombro ante lo extraño o imposible y que, sin darnos cuenta, terminaron mezclándose con la palabra “¡Diooooos!”