Martes, 25 de septiembre de 2018

El Patrimonio espiritual de la Iglesia

Me siento un privilegiado. Como párroco, junto con mi compañero Poli, de la Unidad Pastoral del centro histórico de Salamanca, me cabe el honor y la responsabilidad de disfrutar y cuidar y poner en valor, es decir, intentar rentabilizar, desde todos los puntos de vista, un riquísimo patrimonio histórico, cultural, teológico y social.

Claro que el patrimonio más valioso de todos es el personal, las personas que crecen en la fe y viven y se mantienen en ella con esfuerzo en estas comunidades, e intentan contagiarla proponiéndosela a los más próximos. Y sufren cuando se dan cuenta de que Dios ha muerto o, al menos, ha desaparecido de la conciencia y de la vida de muchos vecinos que, justo es reconocerlo, muchos de ellos no están lejos del Reino de Dios, pues trabajan a su manera por la paz y la justicia, y crean cultura y solidaridad  en nuestro entorno, y colaboran a que nuestro planeta siga siendo casa común, o mejor, hogar para todos los seres vivos, incluidos los humanos.

     Como cristiano, creo que el Espíritu de Dios sigue soplando dónde y cómo quiere y sanea la conciencia, el corazón y el alma de muchos hombres y mujeres de buena voluntad y nos llama a todos a convivir y a colaborar para que los descartados dejen de serlo y ganemos todos en humanidad. Creo que el Espíritu de Dios es tan grande y su aliento tan suave, que nadie puede erigirse en intérprete único. No admite monopolios.

     Ahora está muy de moda la espiritualidad, que sería algo así como la huella consciente que el Espíritu de Dios deja en nuestro interior. Pero como mi interior es limitado, necesariamente trabaja en red, tanto desde el punto de vista sincrónico como diacrónico. Y así, cada uno de nosotros estamos sincronizados con el resto del mundo y dependemos de él de muchas maneras, a la par que influimos en el mundo que nos rodea, siquiera en mínima medida. Pero nadie ha nacido enseñado y todos somos deudores de nuestros antepasados y los que nos sucedan tendrán que heredar el mundo que hemos creado, para perfeccionarlo o para reconstruirlo desde los cimientos.

     El patrimonio de la Iglesia es ante todo espiritual, pues las piedras no se levantan solas, ni se pintan los cuadros, ni se esculpen las estatuas, ni se componen e interpretan melodías, ni se escriben libros de teología al azar, sino que toda esa cultura nace de tres fuentes, que manan y corren, en unas épocas más y mejor que en otras, con más estiaje o abundancia: la fe reflexionada, la caridad vivida y la esperanza mantenida y proyectada. De la fe reflexionada surgió, andando el tiempo, la Universidad, como se puede constatar a poco que nos demos un paseo por el Claustro de nuestra Catedral Vieja. La Verdad es una cosa muy útil, aunque los Poncios Pilatos de turno la desconozcan. Y así, la salud de mis ganglios linfáticos no depende de opiniones más o menos relativas, sino de verdades provisionales, pero verdades.

     De la caridad vivida emanan, de modo natural, las aportaciones voluntarias que socorren a los más necesitados, con ánimo y proyecto de que dejen de serlo. Digo, necesitados. Pero en un mundo globalizado, el amor permea las fronteras y así, en nuestra Unidad Pastoral estamos apoyando el proyecto de montar una Escuela de Formación Profesional de electricistas en el Norte de Benín, la región más pobre de uno de los países más pobres de África.

     La esperanza, sin embargo, está resultando difícil de mantener, aunque testimonios no faltan, porque los jóvenes, que son por definición el futuro, lo tienen bastante negro. La esperanza siempre ha sido una virtud contestataria frente a lo dado y revolucionaria ante el porvenir. Y esa denuncia profética de los jóvenes es lo que parece que está cocinándose en las cocinas del Sínodo de Obispos que se celebrará el próximo octubre.

     Esperanza, caridad y fe se retroalimentan mutuamente y dan frutos constatables: una “vida buena” –siguiendo la expresión de la moral clásica- en infinidad de cristianos de a pie, en creyentes de otras religiones y en hombres y mujeres de buena voluntad; una santidad heroica en muchos hijos de la Iglesia reconocidos como tales entre miles que no han subido oficialmente a los altares; y un verdadero tsunami positivo de belleza que inunda los templos, transforma armoniosamente el paisaje de nuestra geografía, llena las pinacotecas  y las estanterías y los archivos de sonido de las bibliotecas públicas, privadas o íntimas y, últimamente, las redes sociales, cual trigo nutricio coetáneo de cizaña ponzoñosa.

     Pero últimamente tenemos un problema: hay grupos, organizaciones e instituciones de nuestro entorno cultural, social y político, que se empeñan en enclaustrar el Arte y la Fe de la Iglesia, convirtiendo los templos en museos y poniendo dificultades a las expresiones públicas de la caridad, la esperanza y la fe. Y así, al comienzo de la Semana Santa, por indicación de instancias municipales que habían, a su vez, recibido denuncias, nos hemos visto obligados a limitar la expresión e información pública sobre el proyecto de Luz para Benín.

Los cristianos, siguiendo indicaciones precisas de San Pablo, estamos acostumbrados a obedecer a las autoridades y a cumplir las leyes y así lo hemos hecho, aun sin mediar sentencia u orden formal de la autoridad competente. Pero la pregunta está en el aire: ¿Tendrá la Iglesia en un futuro próximo libertad para comunicar públicamente lo que le emociona, siente, cree y hace o tendrá que guardar los carteles y las pancartas en las sacristías? La libertad religiosa es el caldo nutricio de la Modernidad y ha aprendido, creo, a convivir en una sociedad abierta y plural. Todas las enfermedades dan síntomas. ¿Será la constricción de la libertad religiosa un síntoma de nuevos totalitarismos? Ya lo dijeron Goethe y Ortega: pensar es exagerar…o no…