Martes, 16 de octubre de 2018

Gestos de un pobre diablo

Es Jueves Santo, me hallo en Madrid, tomo el Cercanías que me lleva a Atocha y en el trayecto alguien monta su show particular. En el vagón, desde el lado opuesto al que me encuentro, un individuo viene voceando sobre su situación. “Vosotros, todos, habréis comido hoy, pero no pensáis que gente como yo aún no se ha llevado nada a la boca, no tengo trabajo, no tengo dinero, he sido excarcelado recientemente y sin familia ni nadie que me ampare, a ver qué hago con mi vida…”.

En este instante el tren realiza una parada en la que entran y salen viajeros y el necesitado se calla, a mí aún me quedan unas cuantas estaciones. Se cierran las puertas y vuelven a arreciar las voces, cada vez más cerca de donde estoy. “No quiero dinero, solo quiero algo para comer. ¿Acaso no lleváis nada para darme? Mirad en vuestros bolsos, necesito que os pongáis en mi lugar, soy un ser humano como cualquiera de vosotros, con unas necesidades como las de cualquiera, ¿por qué merezco vuestro silencio?”.

Parada en otra estación y, más cerca aún, por fin veo el rostro del individuo, un poco desaliñado pero joven y fuerte. Es fácil sentirse mal, casi me juzgo culpable de no atender sus súplicas, pero un sexto sentido me dice que puede ser un pícaro, y un séptimo me dice que eso pasa por mi cabeza como excusa para no darle nada.

Sigue dando voces y pasa justo a mi alrededor. El vagón transporta bastante gente, miro a otros pasajeros y la mayoría tiene la mirada puesta en el techo o, si van acompañados, hablan entre ellos, como ausentes de lo que allí llama realmente la atención.

Como viajo en Metro ocasionalmente, no sé si estoy ante algo habitual, por lo cual actúo como señalan las normas de la corrección: donde vayas, has lo que vieres, y veo que la mayoría aparentemente ni se inmuta. ¿Estamos ante un necesitado o ante un auténtico predicador?

Prosigue el individuo: “Ni que estemos en Semana Santa, ni que sea Jueves Santo, existe mucha hipocresía, seguro que tratarán a sus animales mejor que a mí, Dios se lo pague, amigos, pero ahora que me voy a bajar se lo digo: ¡ojalá les pase lo mismo que a mí, que se vean igual que yo me veo…”.

Dos personas, allí cerca, le dan unas monedas. Sin embargo, los últimos deseos del individuo, más que producir en mí compasión, genera una auténtica desaprobación. ¡Cómo tiene derecho a desearnos el mal por no caer en la habilidad de su discurso!

Por fin baja un par de estaciones antes de llegar a Atocha y lleva en sus manos una bolsa con unos sobaos pasiegos y una naranja que ha recibido de los allí presentes. Es el momento de prestarle atención, y no solo por mi parte, sino por la mayoría de la gente que viaja en el vagón, y todos son testigos de que, nada más poner pie en tierra, tira los dulces y la naranja al suelo y nos hace una peineta. (¡Solo quería dinero!).

En ese instante saca lo peor de cada uno de nosotros. Las voces hacia él son de todo tipo. (Disculpen, no son reproducibles). ¡Y yo que llegué a pensar, por momentos, que lo peor de nosotros estaba en no atender sus ruegos…! Pido perdón a los pícaros, este individuo no era un pícaro: era un auténtico sinvergüenza.

El tren sigue y la cara encolerizada de más de uno denota que quizá ellos o ellas cayeron en la trampa. Un señor, al lado mío, se quedó como rayado. Solo se le ocurrían tres palabras, ¡para qué más! y a intervalos las pronunciaba: “¡será hipo puta…!”. (Pobre su madre).

Creo que es fácil adivinar el sentir general: este individuo jamás se morirá de hambre, pero con su actitud -nos lo enseña la Biblia y el refranero español- pagan justos por pecadores, hace un daño enorme a la gente que realmente se halla en esas circunstancias.

Ah, una aclaración: Su español era tan bueno que en absoluto podemos decir que se trataba de un inmigrante.