Martes, 25 de septiembre de 2018

¡RESUCITÓ!

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Cuenta Martín Descalzo que una de sus hermanas trataba de explicar a uno de sus sobrinos –que tenía entonces seis años– lo que Jesús nos había querido en su pasión, y le explicaba que había muerto por salvarnos. Y queriendo que el pequeño sacara una lección de esta generosidad de Cristo, le preguntó: «Y tú ¿qué serías capaz de hacer por Jesús, serías capaz de morir por él?». El sobrino se quedó pensativo y, al cabo de unos segundos, respondió: «Hombre, si sé que voy a resucitar al tercer día, sí.»

El creyente sabe que va a resucitar. Es cierto que sobre la resurrección surgieron diversas interpretaciones desde los inicios del método histórico-crítico y del recurso a la razón moderna. Quiero, sencillamente, enumerar algunas posturas que son representativas de diversos métodos y presupuestos. Cito a los siguientes autores: Reimarus, Strauss, Bultmann, Pannenberg, W. Marxsen, Schillebeeck, Lüdemann y Dalfehrt.

Los discípulos estaban reunidos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. No acababan de creer, ni siquiera después de ciertas señales y testimonios; todos sus sueños se habían venido abajo y de ellos se había apoderado la desesperanza y el desencanto. Y en esa situación entró Jesús irradiando alegría, seguridad y paz; pero Tomás no estaba con ellos y para creer exigía pruebas irrefutables, exactas y verificables. Sin embargo, al poder ver y tocar las llagas del Resucitado, se vuelve dócil, creyente, orante y confiesa: «¡Señor mío y Dios mío!».

Pablo nos transmite lo que él mismo recibió: «En primer lugar os transmití lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1 Co 15,3-5). Este es el credo fundamental del cristiano. Este texto no es paulino, se lo da a los corintios habiéndolo recibido él de la Iglesia-Madre.

La sepultura es la confirmación de la muerte real de Jesús. La tumba vacía es un lugar de encuentro con Jesús, sin Jesús presente.

El verbo es «ver»: se dejó ver, se apareció; la visión es recibida. En la fe cristiana se tiene conciencia de que Jesús resucitado tiene un movimiento de darse a reconocer. Las experiencias de ver a Jesús son un hecho temporal y que fundan la fe.

La fe pascual en los himnos aparece bajo una estructura celebrativa y aclamativa.

Jesús invita siempre a la superación del miedo: «no temáis».

En Lucas 24,1-8 se añade el lenguaje de la vida: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?». Lucas usa el lenguaje de la vida para acercarse al mundo griego.

Dios es el principal agente de la resurrección, esta es una acción de Dios sobre Jesús, es la suprema intervención de Dios en la historia y aparece como el último momento de la creación. Es en Cristo donde Dios ofrece la salvación totalmente. Dios levantó a Jesús; es una acción recreadora de Dios que escapa de las posibilidades humanas. En la resurrección aparece Jesús partícipe de la vida de Dios y es la experiencia pascual la que suscita una comunidad que da cuerpo simbólico o sacramental a Cristo; la resurrección crea una comunidad donde Cristo se sigue manifestando al mundo. El encuentro con Cristo resucitado conlleva el dar vida a los que no la tienen.

Los evangelistas, cuando hablan de la resurrección de Jesús, afirman que se trata de una transformación, presentando personas que conocieron bien a Jesús y no lo reconocen y describiendo a un Jesús que podía saltarse las leyes físicas (pasa a través de puertas cerradas y aparece y desaparece de repente).

Una fe sin obras es una fe muerta; pero es baldía si no se cree en la resurrección. «Si Cristo no resucitó, entonces nuestra predicación es baldía y baldía es vuestra fe» (1 Co 15,14). Todos los escritos neotestamentarios hablan un mismo lenguaje: «Dios ha resucitado a este Jesús, y de ello somos testigos todos nosotros» (Hch 2,32). Es característica la antiquísima aclamación: «Verdaderamente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34).

El creer que él resucitó nos da fuerza para aceptar las muertes generadoras de vida. El Dios de Jesús ha resucitado a Jesús, era el grito de los primeros cristianos. Hoy siguen proclamando lo mismo: Cristo ha resucitado. «Os anunciamos la Buena Nueva de que la promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús» (Hch 13,32). Esto mismo lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica (638): «La resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz: Cristo resucitó de entre los muertos. Con su muerte venció a la muerte. A los muertos ha dado la vida».

Después de la muerte del Señor los discípulos estaban desorientados, así lo demostraba su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres; la fe en el Resucitado, no brotó de manera natural y espontánea. Así lo busca María Magdalena, busca al crucificado en medio de tinieblas, lo busca en el sepulcro. Todavía no sabe que la muerte ha sido vencida.