Domingo, 21 de octubre de 2018

Por qué hay algo y no nada (La dignidad a media asta)

Imposible compartir la ingenua (y estúpida) afirmación del secretario general del partido socialista español, cuando afirma pomposamente que “fuera de la Constitución no hay nada”, con un candor que refleja más bien inoperancia política y, sobre todo una simpleza conceptual penosa. Cómica, si no fuese trágica en su significado y sus consecuencias, esa afirmación que apela a un horror vacui que quiere transmitirse a la ciudadanía para que se amedrente (más) con lo diferente en la gestión política, se oponga (como acostumbra) a lo nuevo en el control de las instituciones, desconfíe (otra vez) de lo innovador en las leyes electorales o rechace (automáticamente) lo meramente eficiente en política.

Ese “fuera de la Constitución no hay nada”, que comparte explícitamente la inmensa mayoría de la “clase política” española, seguramente no tiene rastro de Parménides, ni huellas de Hegel  o Kant, ni referencia alguna a Sartre (la política de este país ha sido y es genéticamente iletrada), que por mucho que se utilice como respuesta a los anticonstitucionalistas catalanes, no oculta la visión corta, apocada y barata que de la política tienen los que aquí y ahora la ejercen, contradice de plano la vida de vivir de este país, que se desarrolla, justamente, al margen y extramuros de parlamentos, comisiones, ministerios y, sobre todo, de esa norma obsoleta, oportunista y maleable a capricho que es la llamada Carta Magna de 1978, igual de útil para el roto del desprecio a los derechos de ciudadanía que para el descosido de la permanente transgresión de su articulado.

“Fuera de la Constitución no hay nada”. Es difícil compartir ese enclaustramiento político entre los márgenes de la Constitución, más incapaz que inoperante (esa “nada” para nosotros que es su “todo”), cuando, por ejemplo, para estar al día, en las impuestas celebraciones religiosas de la llamada Semana Santa, los gobernantes desprecian esa misma norma para adocenar la dignidad de lo que representan y despreciar lo dispuesto en esa misma Constitución entre cuyas murallas dicen sentirse seguros. Cuando sus banderas a media asta por la muerte de sus dioses (¿o es uno solo?) insultan la inteligencia; cuando las mismas afligidas caras que gimotean en Sevilla al paso de una imagen, ni mueven en Madrid ni en Bruselas un músculo ante el robo a manos llenas de los presupuestos públicos, ante la pederastia  generalizada de curas y prelados, ante el machismo creciente, o dejan morir en el estrecho a inmigrantes, o los hacinan en infectos campos casi de exterminio, o elevan su indiferencia ante los millones de tristezas en las colas del paro y las filas del hambre...

Habrá sin duda creyentes católicos para los que estas fechas signifiquen algo, y no serán estas líneas las que hagan juicios de valor sobre lo que cada uno crea, pero sí repetirán el ruego de que sus festividades, sus duelos y sus quebrantos no sean impuestos a todos en forma de festividades obligatorias, apropiación de banderas y símbolos o intromisión en la vida ciudadana, por muy enmascarados que vayan sus responsables. Tal vez en ese “todo” que según el ínclito secretario general socialista habita dentro de la Constitución, esté ese servilismo político de su partido, y otros, a la imposición y la pedantería católico-cristiana. Pero en esa “nada” exterior, para ellos tan abominable, habrá que decirles que bulle la indignación de la gente, crece la dignidad inconformista e igualitaria, se fragua el rechazo a su forma de manipularnos, al insulto y al desprecio; arde la vergüenza y  ya se está mirando en un espejo la gente; y reconociéndose. Según ellos... nada.