Sábado, 31 de octubre de 2020

El mundo en mi maleta

Hola, soy yo. ¿Me oyes? Te llamo desde la estación. Hay una señora leyendo un libro en frente de mí, y me pregunto por qué sonríe de vez en cuando. ¿Te imaginas? Yo creo que no es por lo que está leyendo sino porque está recordando algún momento gracioso que la distrae de su lectura. ¿A dónde irá? ¿Tendrá familia? ¿Conocerá tantos sitios como dibuja su sonrisa? Oye, ¿estás ahí? Hay mucho ruido y te oigo mal. Mejor te escribo… 

Ahora sí, te escribo sentada en la estación de tren. Hay una estatua preciosa delante de mí. Es gigante, son una mujer y un hombre abrazados como recién encontrados tras mucho tiempo. Me gusta mirar esta estatua porque me hace pensar en la de estaciones que hay en el mundo por llegar y por encontrar. Me hace pensar en la de personas que en este momento se están abrazando así. Una madre y su hijo, dos amigas, dos hermanos, no sé… Te escribo desde las alturas, desde las vistas al mar en modo avión. Te escribo en una carta, en papel, para que huelas este momento que sabe a primavera recién estrenada. Te escribo en una canción que está sonando en este aeropuerto como si fuera una gran película italiana de las de antes. Te escribo desde esta ventana mirando a lo nuevo. Desde este ruido y este silencio que se pelean en un gran anfiteatro romano. Te escribo bocabajo, con los dedos helados de frío, con la nieve en las manos. Te escribo desde esa mujer corriendo por el control porque su vuelo no espera. Te escribo desde este autobús que se ha parado en medio de la noche y no me deja ver el paisaje. Te escribo desde este ramo de flores que huele a beso de sueño en aleatorio. Te escribo desde este campo, este aire que huele a distinto, estos parques, este sol que no quema pero calienta. Te escribo desde este bar, apurando las últimas gotas de cerveza. Te escribo con las manos, con los ojos y con el alma. Te escribo desde la alegría, desde la ilusión, y desde la nostalgia en las horas muertas. Desde el dolor también, te escribo cuando echo de menos pertenecer a un instante. Te escribo, me escribo. Me envío esta carta para cuando sea yo aquella mujer sonriendo a las páginas de su libro. Y sonría por todo lo que he escrito.

Te escribo a ti, mujer. Valiente viajera, salvaje indomable aventurera. Te escribo para que no dejes de irte, ni de volver. Para que te despidas mucho, y te reencuentres de nuevo. Para que te cortes el pelo como quieras. Para que te pongas las botas, las de dentro y las de fuera. Para que bebas sola, o en compañía. Para que busques, salgas, mires de noche y de día. Para que cojas la mochila y la hagas tu amante, tu compañía. Para que dejes huella, en la suela y en la libreta. Para que no tengas miedo, porque la mejor compañera eres tú misma, guerrera. Porque la libertad te está buscando y tus historias son la marca que dejarás a tus venideras. Porque naciste para volar y sacar tus alas,  para encender tus velas. Para escribir tus sendas. Para contar estrellas.