Lunes, 18 de noviembre de 2019

Días de sufrimiento

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El sufrimiento ha sido siempre compañero inseparable del ser humano, es tan viejo como la humanidad misma; él, como un ladrón, siempre nos inquieta, interfiere en nuestras vidas y sigue siendo el síntoma dominante de las consultas médicas. No podemos vivir excluyendo el dolor aunque nuestra sociedad trate de eliminarlo, maquillándolo, prometiéndonos paraísos artificiales. El sufrimiento existe, a pesar de nuestra lucha por combatirlo y eliminarlo. Después de miles de años de evolución y grandes descubrimientos, los humanos seguimos sufriendo irremediablemente. Grandes y pequeños, hombres y mujeres han dicho su palabra sobre el dolor y el sufrimiento y el mundo está lleno de quejas y gemidos, pero seguimos sin saber por qué sufrimos, ni cómo remediarlo. El sufrimiento es un malestar que puede abarcar toda nuestra vida en todos sus planos: físico, psíquico, emocional, familiar, religioso… Es, por otra parte, uno de los grandes retos para la madurez; el sufrimiento nos hace más humanos y más divinos o nos rompe en mil pedazos. El sufrimiento es un gran problema por solucionar, pero es, sobre todo, un misterio que hay que aceptar y vivir.

No hay, pues, respuestas para el sufrimiento desde la razón; las palabras elocuentes no sirven de nada. La única respuesta válida para el creyente es levantar los ojos al crucificado, mirarlo y pedirle luz y fuerza. Ante quien sufre no hay palabras apropiadas para consolar, incluso, muchas veces, sobran las palabras y las razones. Sólo hace falta escuchar los quejidos y lamentos de quien sufre y tratar de comprenderlos, amando siempre. Pero lo difícil es, precisamente, acoger el dolor. No somos nada ni nadie para entender y por tanto explicar el sufrimiento humano. Sólo podemos estar ahí y ofrecer el pequeño consuelo de unos brazos abiertos.

Hay sufrimientos reales, que se pueden tocar y palpar, pero los hay, también, producidos por la mente y la fantasía. Sufrimos por todo y por nada, por lo que merece la pena y por lo insignificante. Sufrimos al envejecer, al enfermar, al fracasar, al perder a un ser querido. Sufrimos porque nos apegamos con uñas y dientes a las cosas, a las personas, a los acontecimientos y sin embargo, vivir, aunque parezca paradójico, es desprenderse y aceptar las pequeñas muertes y resurrecciones; pero hay que reconocer que esto no es fácil, ya que seguimos preguntando y dando vueltas a tantos porqués que no tienen respuesta. A veces somos un poco tontos, pues no nos basta saber que la vida es dura, que las cosas son como son; también nos empeñamos en hurgar en las heridas que hemos recibido y en hacer el sufrimiento más grande de lo que es y, por tanto, la vida insoportable.

En la palabra sufrimiento englobamos tanto el dolor físico como cualquier otra clase de dolores. Dolores como los ocasionados por las guerras, los desastres naturales, las enfermedades, los fracasos, los divorcios, las etapas de la vida… “El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional” (Marcel Proust). El dolor se refiere al cuerpo, se puede localizar; el sufrimiento hace relación al alma, no se puede localizar, es subjetivo, tiene relación con el pasado y con todo lo que envuelve a la persona. El sufrimiento es la actitud que tomamos ante el dolor.

Comienza la Semana Santa, días de oración y reflexión. El sufrimiento sigue en cada ser humano y aunque tratemos de huir, no podemos dejarlo actrás, pues nos acompaña siempre. Lo mejor es aceptarlo, que no es fácil,  o por lo menos ofrecerlo.