Martes, 10 de diciembre de 2019

La muerte del invierno

Dentro de las antiguas sociedades campesinas –de las que muchos de nosotros hemos participado–, insertas en el tiempo cíclico y estacional, tanto en el ámbito de la realización de su vida laboral, como de sus celebraciones, el paso de una estación a otra va marcado por determinados ritos en los que participa toda la comunidad.

Uno de tales ritos, que estos días celebramos todos, es el del paso del invierno a la primavera. El primero simbolizaría el tiempo viejo (oscuridad, frío, heladas, nieves, tiempo adverso, muerte…), del que hay que desprenderse, mientras que la primavera simbolizaría ya, sin embargo, el tiempo nuevo de la regeneración de la vida.

Tales ritos de paso estacional, en nuestra cultura están cristianizados a través de la pasión, muerte (que simbolizarían el invierno) y resurrección de Cristo (que representaría ya más bien el tiempo nuevo, la llegada de la primavera.

España –indicaba Manuel Vilas en uno de sus últimos libros; acaso el titulado ‘América’– ha dejado de ser católica, ha dejado de practicar y de participar en los ritos y liturgias religiosas, al menos unos sectores notables de la población. De ahí que, estos días, todo el tráfago de las procesiones termina no constituyendo tanto una muestra de fervor religioso auténtico, cuanto una escenificación, una representación para visitantes y turistas de los pueblos y ciudades donde tienen lugar.

Para advertir y percibir aún ese fervor y esa devoción religiosos, hay que ir más bien a esos pueblecitos en los que todavía late aún, de algún modo, la vida tradicional y antigua, como nos ocurrió –hace años– al encontrarnos, en un pequeño pueblo de Zamora, la mañana del domingo de Resurrección, con la procesión del encuentro entre el resucitado y su madre. En aquellas gentes campesinas, sí que advertimos esa actitud respetuosa, fervorosa, entregada, verdadera, que caracteriza la religiosidad popular. Algo que no percibimos hoy en las ciudades y en los pueblos turísticos, en estos días centrales de la Semana Santa, marcados por el tráfago humano que huye de sus lugares de residencia habitual en busca de un descanso marcado no tanto por la tranquilidad y el retiro, como por el barullo y la masificación.

Sin embargo, hoy y desde hace tiempo, han cobrado un vigor sorprendente las representaciones de la pasión y muerte de Cristo, en espacios abiertos (como ocurre, en tierras salmantinas, en Candelario y La Alberca, por ejemplo), en distintos enclaves del trazado urbano de los pueblos (como sucede en Serradilla del Arroyo), que constituyen ejemplos de una renovación del teatro popular, que hunde sus raíces, en este caso concreto, en el ciclo de Pascua del teatro litúrgico medieval.

La muerte del invierno –en el mundo campesino– estaba ritualizada en la figura de Judas, del que se hacía un muñeco o pelele, que se colgaba de la torre de la iglesia (como ocurría en La Alberca) o de un lado de la calle al otro (como en Sotoserrano) y se zarandeaba, para terminar quemándolo o arrastrándolo hasta las afueras del pueblo, para acabar arrojándolo al río, cuyas aguas se llevaban el tiempo viejo, desgastado, inservible.

Porque toda la ritualización de estos días –vivida ya en clave urbana, de sociedad avanzada– no es más que una reinvención de esa otra antigua y más ancestral que se daba en el mundo campesino. Ya que seguimos necesitando tomar conciencia d la renovación del tiempo, a través siempre de procesos ritualizadores.