Martes, 11 de diciembre de 2018

Una pequeña quemadura infinita

“El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas
es una pequeña quemadura infinita
en los ojos inocentes de los otros sistemas”

FEDERICO GARCÍA LORCA, “Panorama ciego de Nueva York” en Poeta en Nueva York, 1930

La voracidad con que la mercadotecnia del consumo convierte los referentes culturales en manufacturas de compraventa, alcanza tales índices de penetración en las artes y los símbolos, que son escasas ya las imágenes de elementos, personajes o referentes de hechos histórico-sociales que no hayan sucumbido a las garras de la baratija. La muy trabajada incultura social que el consumismo propicia para hacer caja, no puede convertirse en la única forma de transmisión de obras artísticas y conocimiento de autores y personajes públicos, cuyo cabal entendimiento, más allá de las plusvalías comerciales, corresponde propiciar a quienes ostentan cargos de responsabilidad en ese tema.

Si la conversión de la célebre foto de Korda del “Ché” Guevara constituye el ejemplo palmario del despojamiento de significado político del personaje y de la conversión de la imagen del luchador argentino en icono vacío de pijos seudoprogres que en su inmensa mayoría desconocen siquiera cuatro datos del rostro que lucen en su camiseta, otros referentes culturales como La Gioconda, de Leonardo da Vinci, el Gernika, de Pablo Picasso o los ángeles de la parte inferior del cuadro Madonna Sixtina, de Rafael Sanzio , son ejemplos del despojamiento del significado artístico de obras pictóricas para convertirlas troceadas, coloreadas o pintarrajeadas, en efigie adaptable a cualquier significado, lo que es lo mismo que decir a ningún significado.

Las últimas apropiaciones de los referentes reales de obras artísticas para convertirlas en manufacturas vacías de la compraventa consumista sin idea de su sentido, están siendo tanto las obras literarias como algunos autores y artistas, que son desposeídos de su sentido cultural y artístico (y hasta de su propia identidad), y son exhibidos como muñecos de feria válidos para ser adaptados, asociados o utilizados con cualquier motivo, en cualquier ámbito o de cualquier forma. Sucedió en Salamanca con la frase de Unamuno “venceréis pero no convenceréis”, utilizada políticamente por la derecha reaccionaria para apoyar reivindicaciones diametralmente opuestas al sentido en que fue pronunciada. Sucedió con la figura  del anciano Rafael Alberti en sus últimos meses, acuciado por la necesidad y utilizado por el gobierno español de entonces para, despojándolo de gran parte de su dignidad y de toda su significación social y política (luchador comunista exiliado y perseguido por las hordas franquistas), y pasearlo cual monigote junto a cargos, carguitos y posadores, cuya ideología el mismo Alberti hubiese despreciado. Sucede actualmente, y dolorosamente, con la obra y la figura de Federico García Lorca, un genial poeta y dramaturgo antifascista, asesinado precisamente por serlo, que está siendo, hasta en sus restos mortales, manoseado indignamente y reducido a un constructo seudofolclórico de costumbrismo vacío, despojando la difusión de su obra de los elementos artísticos de su creación con más alto componente social y contenido ideológico (y posiblemente literario), como Mariana Pineda, Poeta en Nueva York o los escalofriantemente hermosos Sonetos del amor oscuro, asfixiados, ocultos y ninguneados bajo el indigno magreo de pueriles adaptaciones, ridículas infantilizaciones, negligentes resúmenes y otras manipulaciones de sus obras teatrales o de creación lírica más “blancas”. Sucede con la poesía de los exiliados españoles (Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Juan Rejano, Pedro Garfias y otros), todos con una brillantísima obra literaria y completamente silenciados en los programas de enseñanza de su propio país, que todavía, todavía,  siguen nutriéndose de mediocridades de lectura obligatoria.

Alguien escribía recientemente, con enorme sentido del respeto a la obra de arte, sobre la necesidad de conservar y difundir las obras artísticas en su totalidad e integridad, independientemente de que su contenido o la ideología de sus autores estuviesen en consonancia o no con los modos de pensar de la actualidad o con los sesgos ideológicos de los que mandan. Y tenía razón. A esa reflexión habría que añadir la necesidad, más allá de la obviedad de que lo sean en su integridad, de difusión de las obras artísticas valiosas (literarias, pictóricas, de imagen u otro tipo), desde una posición culturalmente abierta y despojada de tics ideológicos, y tratar de paliar, especialmente desde las responsabilidades públicas, la reducción, falsificación, recorte o manipulación interesada de obras artísticas y autores que constituyen patrimonio común, y cuyo cabal conocimiento, difusión, conservación, respeto, protección y disfrute no pueden tener el límite de la plusvalía comercial ni la medida del interés mercantil.