Lunes, 20 de agosto de 2018

Sin ambiciones particulares y partidistas...

Se puede fingir pasar o estar por encima del bien y de la realidad, pero no se puede pasar o estar verdaderamente. Tampoco se puede pasar de los que pasan o estar por encima de ellos, porque si se estrellan habrá que ayudarles, con respeto, con la conciencia que en esa traición a la verdad nadie tiene derecho a tirar la primera piedra. Es justo ayudar a que descubran que no es tan difícil conocer las cosas rectas. Casi siempre basta ponerse la mano en el corazón para saber si obramos bien o mal, aunque no es que se descubra la verdad a base de corazonadas; pero sucede que la conciencia es una luz que mientras hay uso de razón no se apaga.

Atacamos al vecino para ocultar nuestras vergüenzas. El bien y la verdad son categorías permanentes de la razón. El derecho a la vida y el deber de respetarla, la de los demás también, parece que están aletargadas en la mente de algunos. Nos hacen quejarnos de la educación cuando antes con infinitamente menos medios se alcanzaban unos grados que hoy parece impensables por muchos decenios que se invierta en ella. Estos días he estado revisando los apuntes de mi niñez, y es impensable que ni un universitario sepa tanto en nuestros días. Sabíamos de latín, matemáticas, francés, contabilidad, taquigrafía, mecanografía, algunos de inglés, literatura española, ciencias naturales, química, física, dibujo técnico, etc… Los institutos estaban mejor considerados que la enseñanza privada, pues los medios de que disponían eran comparables a los de la universidad. Los catedráticos de instituto, como Unamuno, Artola, Arostegui y muchos más, que pasaron por Salamanca, que eran verdaderas eminencias. Había respeto y competitividad entre los alumnos por ser los mejores.

La sanidad sin duda ha mejorado muchísimo pero también debemos reflexionar un poco para pensar que no se puede abusar lo que se ha abusado en los últimos años a la hora de colapsar los centros para conseguir miles de pruebas innecesarias, o recetas y medicamentos que luego iban a parar al cubo de la basura.

Seguimos equivocados queriendo y pensando en arreglar las cosas con la cultura del café para todos. No vimos trabajar a nuestros padres pensando en eso. Pedir era tal vergüenza que ni se planteaba, mucho menos pedir por pedir. Las leyes, en algunos periodos de crisis, pueden parecer más injustas, aunque las cree un legislador legítimo. San Agustín decía que “la Ley que no es justa no parece Ley”, por otro lado Santo Tomás afirmaba “que si una multitud de hombres libres es conducida hacia el bien común por el gobernante, habrá un régimen recto y justo, el que conviene a los hombres libres; pero si el gobernante se atiene, no al bien común de la sociedad, sino al bien propio, el régimen será injusto y perverso”. Nuestra historia y la experiencia reciente y pasada se convierten en observadores incansables de la validez de estas palabras.

España necesita recuperar el sosiego, y hacer frente a quiénes, instalados en la crispación y el conflicto permanente la convierten en un campo de batalla en el que todo vale con el fin de lograr sus objetivos, que, en estos momentos, deberían ser apartados de toda actividad de forma fulminante. Políticos y medios de comunicación, además de la sociedad, tienen la obligación de hacer una apuesta por los problemas de este país, los de verdad que son la dependencia de las personas mayores, la pobreza, el paro, la creación de empleo y la degradación social, para que lleguen a resolverse, y que la corrupción se castigue y depure, desde el cumplimiento de la legalidad, desde el respeto a la dignidad de las personas y, sobre todo, desde una voluntad de concordia. Hay que priorizar los problemas para poder solucionarlos todos y para que todos vayamos en la misma dirección sin ambiciones particulares y partidistas.