Lunes, 9 de diciembre de 2019

Carta a Gabriel Cruz

Me gustaría, querido Gabriel, tener la capacidad de hilvanar estas líneas con acierto, pero no es fácil dibujar con unas letras en un papel la angustia de saber que aquel aciago 27 de febrero saliste de tu casa para ir a la de tus primos, a cuatro pasos, en un lugar conocido, a la luz del día, y ni llegaste ni volviste, la incertidumbre de sospechar que ni te habías perdido, ni habías sufrido un accidente, que alguien te secuestró en el camino, la desesperación de buscarte sin descanso durante doce días a pesar de las inclemencias del tiempo, la fugaz alegría de saber que la Guardia Civil te encontró por fin, la decepción de saber que lo que los agentes rescataron del maletero del coche de tu asesina cuando intentaba cambiarlo de sitio fue tu cadáver, porque aunque todos sabíamos que nadie secuestra a un niño para llevarlo a las ferias, hasta ellos mantenían la esperanza de encontrarte vivo, y el horror de conocer los detalles de tu muerte: asesinado a golpes y asfixiado por la novia de tu padre, por una mujer que además es madre, por la que con más ahínco  te buscaba y en su frialdad hasta daba ánimos a tus padres, lloraba con ellos y con ellos te buscaba. ¡Qué horror!

Ante esta barbaridad que no tiene nombre todos nos preguntamos por qué.  Unos dicen que por celos: no aceptaba que tu padre te quisiera y se ocupara de ti. Otros, que por dinero: planeaba buscarle la ruina para resolver sus problemas económicos, problemas que ni tu padre conocía. Algunos, que sufre algún trastorno, que la vida no fue generosa con ella, que le faltaron más cosas necesarias que le sobraron. Para otros todo obedece a que te odiaba porque no la querías. ¿Pero cómo demonios ibas a quererla? Engañar a los mayores es muy fácil, pero engañar a un niño, por mucho y bien que se finja, es imposible. Puede que todos tengan razón, pero aunque nada te importen ya los motivos, yo te cuento mi versión:

Cuando un niño viene al mundo Dios le asigna dos ángeles para que lo cuiden y lo protejan hasta que pueda hacerlo por sí mismo. Uno se llama Mamá, y gracias a ellas, llegan a mayores. Tu puedes sentirte muy orgulloso de la tuya, nos ha dado a todos una lección de civismo, de ese civismo que, a pocas vueltas que demos por las redes sociales, vemos que cada vez anda más escaso. El otro ángel es invisible y se llama ángel simplemente. Los ángeles invisibles también velan por sus niños, pero sabes, Gabriel,  hay muchos niños que son asesinados, desgraciadamente no eres tú el único, que sufren palizas, que son abandonados, que pasa el tiempo y siguen desaparecidos, que tienen que huir de sus países empujados por el hambre, por las guerras que bombardean sus casas, sus escuelas, sus hospitales… Cuando los ángeles de estos niños se ven desbordados piden ayuda a los ángeles de los niños que no corren estos peligros y vuelan a prestársela. En esas ausencias, el diablo, que a veces tiene cara de hombre, que a veces la tiene de mujer, pero que siempre se llama Maldad, sale a hacer lo único que sabe hacer bien: mal, y aquella tarde te eligió a ti, y en un instante puso punto final a tu vida con tan solo ocho años, acabó para siempre con la felicidad de tus padres, porque eso de que el tiempo lo cura todo es mentira, simplemente nos obliga a vivir con las desgracias, si es que a eso se le puede llamar vivir, también con la de su familia, porque tan terrible es que nos asesinen a un hijo, como que uno de nuestros hijos asesine a los hijos de los demás, y aunque no sea lo más doloroso, se mató así misma, porque en adelante, la tal Ana Julia, por mucho que cierre los ojos siempre verá juguetes que lloran, libros que guardan silencio, pupitres vacíos, y la carita de un niño que a través de los ojos de todos los niños la llamarán lo que ella misma, ante la evidencia de los hechos, confesó ser: asesina.

Seguramente, Gabriel, los que pierdan unos minutos para leer esta carta entiendan que son tonterías, pero tú sabes mejor que nadie, porque fue la última lección que te dio la vida, que con demasiada frecuencia tenemos que inventar seres mágicos para seguir respetando a las personas reales. Por esto, querido Gabriel, aprovechando que ya eres un ángel, te pido, por todos los niños que son víctimas de la violencia de los mayores, que desde ese parque de estrellas donde ya puedes jugar sin miedo nos ayudes a ser cada día un poquito mejores.