Martes, 10 de diciembre de 2019

De gilipollas, estrés, el Papa y san José

Estoy aprendiendo a escuchar a mi cuerpo y a dejar de escuchar a algunos gilipollas. Estas dos sabias decisiones son las que he sacado en limpio tras un par de semanas de estrés innecesario. Que no son pocas. Las decisiones, digo. Dos y sabias.

Resulta que el martes por la noche, después de la gloriosa y dolorosa eliminación de mi equipo cuando estaba a punto de alcanzar una nueva final, pues que me costó conciliar el sueño. Y como venía de unas semanas de intenso trabajo con grabaciones, visionados, escrituras de guión y demás zarandajas propias de los obreros del teclado, pues eso, que en plena madrugada me despierto con unos calambres intestinales de espanto, llego corriendo al trono y tras romper a sudar, logro emitir un grito losuficientemente audible para que mi mujer acabe sosteniendo mi cabeza evitando que me rompiese la crisma contra el baldosín al perder el conocimiento. Nada nuevo. Son síncopes muy familiares. Genéticos. Y, depaso, un aviso que te da el cuerpo cuando te pasas de revoluciones, como era el caso. Y ya ves, estas cosas que tiene la vida.

Me incorporo al curro con el fin de empujar el último encargo con el que me aprietan antes del siguiente y mi compañero me suelta lo del Papa Francisco. “Ni idea”, le respondo. Pues que ha dicho que para vivir en paz se necesita un pellizco de  “pasotismo”, así, como lo oyes. “O sea, de dejar de escuchar a algunos gilipollas, de ignorarles”, apunto compartiendo con él una de mis dos sabias enseñanzas aprendidas tras el último cebollazo. Eso es. Pero Francisco lo puntualiza: “pasotismo sí, pero nunca lavarse las manos de los problemas”. Y pone ejemplos: “En la Iglesia hay muchos Poncios Pilatos que se lavan las manos para estar tranquilos, y un superior que se lava las manos no es padre y no ayuda”.  Es un hijo de puta, aclaro yo.  Busco la noticia en san Guguel y copio y pego este párrafo aquí: “Hay corrupción en el Vaticano. Pero yo vivo en paz", admitió. "No tomo tranquilizantes", bromeó Francisco, que aseguró que en "Buenos Aires era más ansioso", pero que tras ser elegido Papa sintió una paz interior que todavía le acompaña. Cuando hay un problema, relató, escribe un mensaje en un papel y lo coloca bajo la estatua de San José durmiente que tiene en su habitación. "Ahora él duerme bajo un colchón de mensajes de papel. Por esto yo duermo bien. Duermo seis horas y rezo (...) Esta paz es un regalo del Señor. Espero que no me la quite", afirmó”.

Pues nada, que me voy a comprar una resma de papel para escribirle mis cuitas al fiel José, carpintero en Nazaret, y que rezaré en negritas antes de dormir hasta que el Señor me dé esa paz interior que suplo con valeriana en cápsulas y en tisana. Y, desde esta semana, con una escucha atenta de mi cuerpo y el pasotismo absoluto de gilipolleces y gilipollas.