Domingo, 21 de octubre de 2018

La "moralina"

No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo”.

FRANCISCO DE QUEVEDO, 1630.

Probablemente no baste el sentimiento de vergüenza ajena, de bochorno y, por qué no, de indignación al contemplar las hordas de descerebrados en griterío contra la culpable del horrible crimen reciente en Almería, para conjurar la certeza de vivir inmersos en una sociedad gravemente enferma de “moralina” y de una escalofriante vulgaridad mental que crea la algarabía del linchamiento en la espumosa saliva de la ignorancia. Posiblemente sea insuficiente horrorizarse o cerrar los sentidos al contemplar el amarillismo y sensacionalismo, la falta de educación, la “moralina” y la purulenta intención carroñera de todos y cada uno de los medios de comunicación de este país (con poquísimas excepciones), para olvidar el penoso retroceso que una profesión antaño digna como el periodismo ha experimentado en las últimas décadas, hasta convertirse en la papilla de posibilismo y mercadeo de audiencias en que hoy chapotea. No bastará apelar a la razón, a la mesura ni al equilibrio del pensamiento o a la inteligencia, para comprender el por qué de la brutal explosión de vengativa sinrazón y de “moralina”, que alienta la intención de conservar como pena y castigo la llamada prisión permanente revisable.

Tal vez apostar por la “moralina” (que es una prédica empalagosa y ñoña con la que se pretende perfumar una realidad bastante maloliente por putrefacta, un sermón cursi con el que se maquilla una situación poco presentable), permita a muchos sentirse arropados en el grupo de los ‘buenos’, de los éticamente ‘correctos’, pero el coste es tan alto como dejar por el camino jirones de humanidad. Y de vergüenza.

Entre las afrentas que abaratan la consideración de nuestro país, no solo extramuros sino entre muchos de sus ciudadanos, todo lo relacionado con la impunidad del franquismo y la obstaculización reaccionaria a su clarificación, constituye una de las más sangrantes deshonras que como nación, como sociedad y también como estado que se quiere democrático, nos ultrajan. Y una de las consecuencias del erróneo paso con que se simuló cambiar todo en la tan citada Transición, fue la conservación de la monarquía, con o sin apellidos, como forma de gobierno; un atavismo político, la monarquía, impuesto por el genocida Francisco Franco (julio de 1969), que convierte en súbditos a ciudadanos libres y de cuya conservación, halago, agasajo, coba y carantoña, algunos partidos políticos y medios de comunicación han hecho bandera (y “moralina”), defendiendo incluso contra los dictámenes de los tribunales europeos, la permanencia en el Código Penal del delito de “injurias a la corona”, lo que obstaculiza gravemente el ejercicio del derecho fundamental a la libertad de expresión; un delito conservado así con la intención de acallar las voces que, crecientemente, advierten la flagrante contradicción que significa la existencia de una monarquía impuesta y obligatoria (e intocable), con el ejercicio libre de la democracia.

Las “moralinas” (Ortega dixit) que con cada vez más frecuencia dictan el comportamiento (y el voto) de un creciente número de españoles, creadas por la desinformación (o la información tendenciosa, manipulada o falsa), la incultura, el analfabetismo político, la indiferencia o el individualismo excluyente (el egoísmo en todas sus formas), son las que generan esas hordas almerienses de vengadores en algarabía, las que dictan esos discursos parlamentarios que utilizan el dolor de las víctimas para asentar la venganza jurídica, las que subyacen a ese hambrón interés por la bazofia mediática del sensacionalismo y, sobre todo, las que crean un conformismo paralizador, improductivo, cobarde y mentecato, que admite la sumisión, la imposición, el silencio y la reprimenda (y la condena) cuando se pretende expresar una opinión sobre la figura de un rey.