Miércoles, 26 de febrero de 2020

Seminario y curas

Habrá que rezar y confiar en que Dios y San José sigan saliendo al paso de nuestras nuevas situaciones

Cada año en la fiesta de San José o en el domingo más inmediato se celebra en las diócesis de España el día del Seminario. Seminario quiere decir “semillero” de sacerdotes. Y la casa de la Sagrada Familia de Nazaret se suele considerar como el primer seminario, que da cobijo y acompaña hasta su madurez al primer sacerdote.

No sirve de nada, para resolver los problemas del tiempo presente volver la mirada al pasado. Pero puede ayudarnos a comprender la magnitud del problema. Tal es el caso de la diferencia de alumnos que poblábamos antaño, pongamos hace unos cincuenta años, los muros de este mismo seminario que ocupamos ahora los sacerdotes mayores, aunque todavía haya un ala del edificio destinada propiamente a Seminario.

En nuestros años, ocupábamos el seminario menor, o de los pequeños, de once a diecisiete años, unos 200 seminaristas; y en el seminario mayor, donde se cursaban los estudios de filosofía y teología, convivíamos alrededor de un centenar de seminaristas.

Así, cada año nos ordenábamos y llegábamos al sacerdocio unos quince o veinte sacerdotes. Y, en consecuencia, podía haber sacerdote, “cura de almas” o simplemente “cura”, es decir párroco, en cada pequeño pueblo de la diócesis, y en algunos pueblos un poco más grandes, hasta podía haber uno o dos coadjutores, y lo mismo ocurría en las principales parroquias de la capital.

Incluso hubo algún momento en que nuestro obispo no sabía a dónde podía enviar a los nuevos sacerdotes. Por eso también era fácil, y a veces hasta conveniente, enviar sacerdotes, como misioneros, a las diócesis de América, como en el caso de Salamanca y Ciudad Rodrigo, diócesis a las que asignaron la ayuda al país del Paraguay, donde llegó a haber más de cincuenta sacerdotes salmantinos.

Hoy ya vemos que hay tal escasez de sacerdotes que ni siquiera se pueden cubrir los pueblos principales, ni tampoco las parroquias centrales de la capital Salamanca. Y lo malo es que no se ve una mejor perspectiva para el próximo futuro, ni acaso para el más lejano.

De hecho, llevamos varios años sin que se haya ordenado ningún sacerdote, y en el momento presente no contamos más que con tres seminaristas, sólo uno de ellos próximo a ordenarse de sacerdote; a los otros dos les quedan todavía un par de años.

¿Por qué hemos llegado a esta situación de falta de sacerdotes? ¿Por qué no tenemos jóvenes o menos jóvenes que estén dispuestos a entregar su vida como sacerdotes al servicio de la pastoral diocesana?

En primer lugar, hay que tener en cuenta que la fe cristiana ha ido quedándose reducida en la práctica a grupos de personas mayores (basta asistir a la misa de un domingo en cualquier parroquia), con lo cual los jóvenes, si es que los hay, no se sienten llamados a conocer y experimentar, y menos a implicarse en los asuntos de la Iglesia o de la vida cristiana.

La verdad es que hay muy pocos jóvenes entre nosotros, en parte por la limitación de nacimientos, y en parte porque los pocos que hay están plenamente entregados en exclusiva a los estudios universitarios y, en cuanto los terminan, tienen que dedicarse a buscar trabajo y, como no lo hay entre nosotros, han que buscarlo en otras regiones o ciudades españolas, o incluso en otros países cercanos a nosotros, como Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Portugal, etc.

Mala solución tienen nuestras iglesias para ser atendidas en sus servicios religiosos. Ya hay sacerdotes que tienen que atender a más de diez parroquias, y el número irá creciendo sin duda en el próximo futuro.

Es verdad que cada vez tendremos menos personas a las que atender, fuera de la visita a los enfermos o la celebración de funerales. También se está haciendo algún esfuerzo, no con mucho resultado, por invitar a los laicos a asumir todas aquellas responsabilidades parroquiales de las que sean capaces. Pero tampoco es solución definitiva, porque también se trata de personas avanzadas en edad y que no pueden seguir haciendo el servicio que se les encomienda por mucho tiempo.

Tendremos que acostumbrarnos a ofrecer nuestra atención a las pequeñas y arreviejadas comunidades. Y así hasta que Dios quiera. Pero algo podremos hacer invitando a algunos de los pocos jóvenes de los que disponemos a ofrecerse a este noble trabajo.

Y, sobre todo, habrá que rezar y confiar en que Dios y San José sigan saliendo al paso de nuestras nuevas situaciones y de atención a comunidades limitadas y débiles, y que podamos así seguir contando con al menos algunos nuevos sacerdotes.