Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Bajo luz del desierto

Esto dice el Señor: Me he acordado de ti, en los tiempos de tu juventud, de tu amor de novia, cuando me seguías en el desierto, en una tierra sin cultivar"

(Jer 2,2)

He aquí la atraeré a mí, la llevaré al desierto y allí le hablaré a su corazón.

(Os 2, 16)

Dios habla en el silencio y la soledad. Sólo desde el silencio tiene sentido la palabra Dios. En el silencio de los sentidos, del intelecto, de la voluntad, puede abrirse esa dimensión silente que nos transciende, pero sin querer negar la razón y la sensibilidad. La experiencia de todos los tiempos es expresar el misterio de Dios con todo lo que somos, al principio y al final de nuestro ser. El silencio es un medio necesario para llegar a la contemplación del misterio. Es necesario renunciar a la palabra  y liberarse de toda clase de pensamientos y sentimientos que distraen la conciencia. En el silencio la palabra alcanza toda su profundidad, en la escucha, en el diálogo, en la reflexión y, nos ayuda a situarnos en el lugar del otro, a ser comprensivos y compasivos. En el silencio también, podemos ahondar en lo que ocurre realmente en nuestro interior, es interiorización y profundidad.

Para poder hacerlo debemos atravesar el desierto, ese lugar árido e inhóspito, donde Dios se revela. En la Biblia, el desierto es una realizad viva, una situación de la existencia, un tiempo oportuno para el encuentro y el enamoramiento.  En la soledad y el silencio,  el corazón del hombre puede desvelar que la vida es una larga caminata. Es dejar de lado lo conocido, lo reconocido que creemos ser, por lo desconocido, lo ignorado que somos. No es un paso hacia la nada, sino un paso hacia lo infinito e ilimitado, con aquello que el hombre tiene de Eterno y que se va ocultando con la cotidianidad y las preocupaciones de cada día. Ese Eterno es para el hombre en camino, esa presencia silenciosa y misteriosa que se oculta pero da sentido y es fundamento de su existencia.

En las ásperas soledades del desierto, en su aventura de Ur a Jaram, Abraham se encuentra con Dios. Su camino, es un camino que es vida (derek). En el camino del desierto, desde la soledad y la pobreza, Abraham fue descubriendo las señales de Dios, que se desvela en el misterio y el silencio. Allí donde todas las superestructuras se caen, donde todas las necesidades creadas por el mundo urbano se debilitan, en la  pequeña sencillez del camino Dios se desveló en el silencio y pudo descubrir su destino.

Allí en desierto, Dios se rebela al pueblo elegido, acosado por el hambre y la sed y fatigado por la marcha. El Dios del que habla Moisés, no es visible, no es palpable, no tiene medida, siente su presencia “en el silencio de un soplo sutil” (Elías). En el camino  del desierto, Dios sella una alianza con su pueblo por medio de Moisés, manifestando su presencia en medio de ellos (Ex. 19ss). Es el lugar del enamoramiento, el pueblo encuentra la mejor experiencia de amor de Dios "Esto dice el Señor: Me he acordado de ti, en los tiempos de tu juventud, de tu amor de novia, cuando me seguías en el desierto, en una tierra sin cultivar" (Jer 2,2).  

Allí, en la aridez de lo estepario, interviene Dios a favor de su pueblo, lo guía y lo vincula a Él, lo lleva a sus espaldas como una madre lleva a su hijo, y le va enseñando de nuevo a caminar. El pueblo seco y reseco abandonado a otros ídolos, va descubriendo al Dios de la vida, hace que la arcilla seca y desgarrada por el abandono, sea barro nuevo y húmedo que amorosamente moldea. El desierto es el lugar de tránsito no de permanencia, es el lugar de la muerte. Es en el desierto es donde Israel se juega el encuentro con Dios y la utopía de una tierra que está llamado a convertir en realidad.

Del desierto salen los profetas. En la tierra árida y en la estepa, Dios invita al pueblo a edificar su futuro: “Una voz grita: Preparad en el desierto un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios” (Is 40,3). En el segundo Isaías, utiliza el desierto como una metáfora que simboliza el exilio de un pueblo expoliado, saqueado y deportado de su tierra. En el desierto, en el exilio, redescubrirá la amistad y el amor de Dios y la capacidad de reconstruir la alianza permanente con Él. En esa realidad silente de la existencia, en el yermo deshabitado y atravesando grandes crisis, el profeta se ha encontrado cara a cara con Dios, y desde ahí denuncia situaciones de injusticia y anuncia la presencia misteriosa de Dios en medio del pueblo.

La llamada al desierto es siempre una actitud de búsqueda de Dios como plenitud del hombre. No es una búsqueda a ciegas, al azar, sin norte ni orientación. Es una búsqueda espiritual y existencial, que ya está marcada por un camino, y se realiza recorriéndolo. Para el cristiano, es el camino de Jesús. En el desierto Jesús muestra cuál es el rostro de Dios que anunciará a la humanidad, en la tierra inhóspita concebirá la buena noticia, la misericordia del Padre. En el silencio Dios habla, organiza la ruta y mantiene despierta la fe. El desierto es el bien (Eckhart), es el silencio del espíritu, tranquilidad de la mente, sencillez del corazón. De todo desierto en el silencio se sale transformado. Es allí donde se vacía y se expulsa lo que no es Dios, se libera completamente la pequeña casa de nuestra alma para dejar lugar solo al verdadero Dios (Charles de Foucauld).