Jueves, 20 de septiembre de 2018

Manos para la tierra

Un tiempo de tormentas y de vientos, de guerras olvidadas y niños muertos. Un tiempo para recuperar el gusto por salir, por la carretera que nos lleva, de nuevo, a la Extremadura bella, de primavera temprana, de flores amarillas y cigüeñas en las charcas. Un tiempo robado a la semana, a las noticias tristes, a los asesinos cínicos, a los niños muertos… un tiempo para encontrarnos con la tierra, con el pueblo que enlaza un arcoíris, por los amigos que reciben con calor y humor, por la labor de la tierra.

Quiso mi tiempo de profesora peripatética por las carreteras extremeñas que cayera mi niña y mi valija en el pueblo artesano de Torrejoncillo. Un pueblo apretado y extendido a la vez que, desde la carretera de regreso, siempre me parecía un Belén exquisito. Das la vuelta a las escuelas y ahí está la casa de la señora María, la casa de Ana, la casa de Vitori y Antonio, y más allá de la mía, la yegua rubia a la que daba galletas por la ventana. Tiempo de olivos, tiempo de bellotas y tinajas de barro donde brilla la mica. Porque mis amigos, mi familia torrejoncillana, son alfareros y nada me gustaba más que ir a verles trabajar, girando el torno del tiempo. Allá por la carretera de Coria, allá donde las tinajas una sobre otra desafían a la geometría. Allá donde siempre le compro un cacharro a mi madre porque a ella le gusta cocinar en barro, guardar en barro, sentir la comida en la tierra. Y de la tierra, de humedades tan antiguas como la prehistoria, nace el barro de esta zona generosa de pizarras y flores de pan y quesín. Generosa de gentes, generosa de lluvia cuando cae, de calor cuando lo hace, de casas blancas y cuestas, muchas, muchas cuestas… una tierra al alcance de nuestras manos, manos que la convierten en materia de trabajo, en tinaja para guardar el aceite de la vida, el vino de la boda, el calor de la comida.

No podemos dejar de girar en torno a la tinaja que gira mientras Antonio sigue haciéndola crecer. Antonio, Rafa y Carlos, los Moreno León que aprendieron a trabajar el barro casi entre las rodillas de su padre, el Señor Daniel. El Señor Daniel que le hizo a mi hija un nido con huevos y gallina así, sin cocer, con el propio calor de sus manos de alfarero. Las mismas de Daniel y Ernesto, los nietos de María y Daniel. En Torrejoncillo, Cáceres, se hereda el tacto de la historia, la historia que, en sus inicios, nos enseñó a curvar las manos en torno a la tierra para hacer cuenco de donde beber, de donde comer. Civilización ignota que aprendió a mezclar el barro, el agua y se sirvió del fuego para rodear lo que más necesitaba. Gira la historia y los Moreno León siguen haciendo hornos de barro redondos como el huevo de donde todo procede, tinajas para guardar lo más precisado, barro primigenio de lo que estamos hechos. Y nosotros somos testigos de su calma laboriosa, de la magia de seguir haciendo lo necesario. Y es en tiempos de tormenta, en tiempos de cambio, de incertidumbre, de desasosiego, cuando volvemos a la tierra, a la mano, a la caricia. Y desterramos lo superfluo, lo inútil, y nos quedamos con la esencia. Con ese gesto ancestral de curvar las manos y hacer un hueco en el que guardar la poquita esperanza que nos queda. Y que endurezca con el sol y vuelva a llenarse del amor de todos los días.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez