Jueves, 20 de septiembre de 2018

Mujeres en tercera persona

 

El grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general. (Marx y Engels, La sagrada familia)

En cierta ocasión oí a una guía turística en el claustro de la unidad universidad vieja:

– Vean ustedes cómo han cambiado las cosas, decía. Antiguamente las mujeres no podían siquiera entrar en la universidad. Les estaba prohibido. Hoy, en cambio, en la universidad de Salamanca las mujeres son mayoría tanto entre el alumnado como en el profesorado.

Me pareció interesante la observación en sí, pero también el hecho de que la guía hablara de las mujeres en tercera persona, como si la cosa no fuera con ella. Como lo he visto otras veces, creo que precisamente eso, el hecho de que algunas mujeres –muchas o pocas, no sé– no sientan las limitaciones y cargas de la mujer en la sociedad actual como algo que les atañe, es en sí mismo un obstáculo importante para lograr “la plena igualdad de derechos y condiciones de vida entre hombres y mujeres”, como plantea el manifiesto de la huelga de hoy, 8 de marzo de 2018.

La democracia liberal en la que vivimos se basa en la teórica igualdad de oportunidades para unos y otras y en la no discriminación. Pero las condiciones materiales del sistema y la inercia del patriarcalismo tradicional obstaculizan la plasmación de esos principios en la vida real, del mismo modo que se afirma el derecho a un trabajo y a una vivienda dignos y luego pasa lo que pasa. Por otro lado, el proceso de afirmación de la conciencia feminista es lento, como lo fue el de la conciencia de clase, con el que se relaciona. Y aunque existan militantes de la Asociación de hombres por la igualdad de género la mayoría de los varones debemos mejorar mucho en este ámbito.

Muy lento es el apoderamiento de la mujer. Por ejemplo: en 2007 R. Zapatero impulsó la Ley de igualdad de género, que denunciaba “la escasa presencia de las mujeres en puestos de responsabilidad política, social, cultural y económica”, poniendo medidas para remediarlo. En 2011 reunió a los 42 empresarios y banqueros españoles más importantes para buscar medidas contra la crisis. En la foto para la prensa solo aparecía una mujer en un extremo: Petra Mateos, presidenta de Hispasat. Como, al parecer, los asistentes estaban colocados por orden de importancia económica, la posición de esta mujer indicaba que si los reunidos hubieran sido 41 no hubiera habido ninguna señora. Uno se pregunta qué hubiera pasado con la crisis si la correlación de presencias por género hubiera sido distinta (y no hubieran estado individuos como Rato, Villar Mir y Florentino, el del Real Madrid). A peor hubiera sido difícil.

Hoy, 11 años después, y con 40 de constitución no discriminadora, el único cambio de la foto en ese aspecto –si se reunieran las mismas empresas– sería la presencia de Patricia Botín, hija mayor de Emilio, anterior presidente del Banco Santander. (Si sigue la cosa así, el ritmo de cambio será el que indican los últimos informes: se tardarán 100 años en conseguir la igualdad). Esta situación también se observa en la cúpula judicial, cultural (rectores, academias) y religiosa.

Alguien dirá que en el mundo político hay mayor proporción de mujeres, pero habría que preguntarse si muchas no son de las que ven el feminismo en tercera persona. O no lo ven de ningún modo, como Cayetana Álvarez y el obispo de San Sebastián (en latín, una misma palabra, invisus, sirve para decir “no visto” y “odiado”).