Jueves, 20 de septiembre de 2018

Reivindicar lo obvio

El sábado tuve un día completo: caña con uno de mis amigos más lúcidos, un interlocutor exquisito, y cena agradable, divertida, reencuentro y descubrimiento. El placer de la charla, el placer de un vino en compañía, el placer de hablar, discutir, aprender y desear tener un bolígrafo entre las manos para apuntar verdades dichas con belleza, saborear no solo la comida, sino frases tan bien construidas que cristalizaban en el mantel y se mantenían entre nosotros como un hilo de plata.

Al día siguiente recordé, divertida, que a nadie se le ocurrió sacar un móvil, hacer una foto y colgarla en la red para que todo el mundo viera lo bien que estábamos y como la anfitriona, pianista consumada, nos regaló, con todo y tendiditis, un par de piezas. Quizás seamos capaces de sentarnos a una mesa sin recurrir al móvil porque tenemos una edad, o quizás porque estábamos demasiado entretenidos. Quizás la charla era lo único importante, quién sabe. Pero es un alivio, no todo está perdido, somos capaces de seguir siendo humanos, cercanos…

El placer de la charla. De la demora, del encuentro. Al menos aún podemos alegrarnos de vivir en una ciudad de provincias, donde los trayectos son cortos, donde tenemos el gusto de hallarnos y entrar a tomar un vino, una caña, incluso enlazar un pincho con otro y marchar ya comidos y hablados. Una ciudad pequeña, sin prisas, con lugares recoletos y sitios donde el camarero se interesa por el parroquiano que lleva un par de días sin venir. La pertinaz gripe. Y el hombre, que imagino solo porque siempre le he visto así, deja su bastón en la barra, pide su café, sus churros y lee el periódico tan cómodamente como si estuviera en su casa. Gestos de afecto, monedas que se intercambian, ofrendas cotidianas. Todo está cerca y compruebo que mis vecinos salen de nuevo, esta vez con paraguas, que entran con el pan, con la fruta, con ese gesto cansado tal vez, pero aliviado, de regresar a casa, al abrigo del frío y de la lluvia, tan necesaria y deseada.

Que nadie se lleve a engaño, el mío es una prolongación de la palma de mi mano. En mi móvil hoy ha florecido el primer almendro que me enseña mi amigo el carpintero para anunciarme que sí, que llega la primavera. Felicito a mi hermano, compruebo que mi sobrino sigue con catarro, leo el periódico y me enfado si pienso en Berlusconni. En el fondo, mi móvil es como una prolongación de mi charla. Cercana, alegre, llena de admiración por la columna de Catalina García García Herrero, por ejemplo, quien hace de los viernes un regalo en mi digital. Cercana cuando le pregunto a mi chico qué tal le ha ido en el trabajo y me contesta a toda prisa con un emoticón porque está en la calle. Pues sí, hay tantas formas de comunicación como maneras de disfrutarla. Y yo las disfruto feliz y agradecida,  y no dejo de pensar, aunque sea una obviedad, en que no hay nada mejor que decirlo. De cuántas voces podemos aprender, disfrutar y gozar día tras día. Y es todo un privilegio.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez