Martes, 18 de septiembre de 2018

Broken: benditos curas malos

El título de los seis capítulos que forman la miniserie de la BBC que se puede ver en Movistar es perfecto: Broken. Roto. 

Roto está Michael Kerrigan, el cura sobre el que pivota la historia; rota está la pequeña ciudad industrial azotada por la crisis económica; rota la luz de la fotografía que envuelve toda la serie y roto me dejó a mí después de ver casi de una tripada una de las series que más me han gustado últimamente. Broken, roto. Tal cual.

Me faltó tiempo para contarlo en las redes sociales. Y es que la serie toca muchos asuntos de actualidad: inmigración, suicidio, ludopatía, homosexualidad, abusos, violencia policial, pobreza, familia, política, religión, psicología… la vida. Es ideal para aquellos que buscan algo más que entretenimiento. El guión no deja de lanzar preguntas y más preguntas al espectador. Cuestiones éticas y morales enraizadas en el más profundo de los respetos a la fe católica sin eludir los más oscuros de sus episodios registrados en la historia reciente. Machetazos de honestidad desde la más descarnada realidad de una pequeña comunidad católica en una parroquia de barrio en un arrabal industrial. A mí, que vivo en Villaverde, me ha resultado brutal. Como si estuviera viendo mi propia película rodada en Gran Bretaña.

Broken se basa, toda ella, en el eterno dilema del qué y el quién, de la obra y el autor, de la persona y sus actos. Y nos habla de un bendito cura malo. De un tipo con sus demonios y sus miserias que tiene una profunda vocación sacerdotal de servicio a la comunidad. Un presbítero que se sabe pecador, que quiere ser un poco mejor cada día, que entiende su tarea como un sacrificio personal para dar vida a su alrededor. El padre Kerrigan es un personaje complejo como una persona simple. Un santo sucio. Un héroe acomplejado. Un suicida frustrado. Una buen tipo a pesar de su pasado. Un bendito cura malo. Un padre maravilloso.

No entraré en interpretaciones y aspectos técnicos. Sólo diré que los seis capítulos son ásperos, duros, hiperrealistas. Casi se huele la pobreza. El dolor de las vidas que se cruzan en el camino del padre Michael traspasa la pantalla casi al mismo tiempo que los propios demonios del sacerdote. 

En Broken es todo tan crudo, tan humano, que resulta imposible no ver en cada plano la presencia de Dios.