Jueves, 20 de septiembre de 2018

La presencia del padre (a vueltas con un arquetipo)

La figura del padre, como ser generador y protector, como vínculo o eslabón esencial de unas generaciones a otras, ha tenido y sigue teniendo, por fortuna, una presencia destacada en la literatura.

Recordemos una de las elegías poéticas más hermosas de nuestra literatura, ya en el siglo XV, como es la de ‘Coplas a la muerte de su padre’, del palentino Jorge Manrique, de una permanente vigencia, pues, al leerlas, nos siguen conmoviendo, ya que aborda universales humanos del sentimiento (Antonio Machado decía que la poesía ha de expresar lo que el tan certeramente llamó los universales del sentimiento), válidos también para todos nosotros.

Ya advertí también en la última novela del salmantino de origen y aragonés de adopción Agustín Sánchez Vidal, uno de los intelectuales españoles más valiosos –pese a su elegancia y discreción–, titulada ‘Viñetas’, de raigambre autobiográfica y que plasma muy bien ese tránsito del mundo rural al urbano que se ha vivido en nuestro país desde poco después de mediados del siglo pasado, ya advertí –digo– una sutil fascinación por la figura y entrega del padre.

Y lo mismo me encuentro ahora con la recién aparecida novela del aragonés Manuel Vilas, titulada ‘Ordesa’ (un nombre que es cifra de ese mundo del origen que, con el paso del tiempo y con los cambios sociológicos tan enormes que ha habido en nuestro país, se ha terminado vaciando, desmoronando, desapareciendo casi; ese ‘mito’ de “la España vacía”, que estamos convirtiendo en un lugar común), en la que la figura del padre (que él nombra a través de un compositor clásico, Juan Sebastián Bach, como hace con todos los personajes que aparecen en la obra, a los que les adjudica alias de grandes y universales músicos) actúa como talismán, como hilo conductor de lo que es la fascinación y el misterio de la vida, con todo lo que tiene de claroscuros y oscilaciones, entre la celebración y la elegía.

Nosotros, cuando murió nuestro propio padre, a finales de julio de 2013, experimentamos una muy significativa e importante conmoción psíquica, íntima y silenciosa –que iba más allá del dolor y de la pérdida, y beneficiosa en nuestra propia maduración como ser humano–. La figura del padre se nos agrandó y adquirió matices que no sabíamos siquiera que existieran. Escribimos un pequeño conjunto de poemas, que titulamos ‘Melodías del padre’, para expresar y plasmar, en la medida de lo posible, esa conmoción psíquica a la que acabamos de aludir.

Se ha dicho últimamente –en un comentario sobre la novela de Manuel Vilas a la que hemos aludido– que acaso tal rememoración literaria entre nosotros de la figura del padre tiene algo que ver con nuestra raíz semítica. ¿Semitismos? Puede. El escritor norteamericano Philip Roth, de origen judío, expresó narrativamente el último tramo existencial de su padre en el libro titulado ‘Patrimonio. Una historia verdadera’.

Padre. Patrimonio. Todos guardamos sobre nuestro padre muchas historias verdaderas, muchos sentimientos verdaderos (esos universales del sentimiento de que hablábamos). En ocasiones, por fortuna, se convierten en palabra tocada por la belleza y por la verdad. Y entonces se configuran como memoria literaria, como creación literaria, patrimonio para todos.

            Padre. Patrimonio. En el nombre del padre.