Viernes, 17 de agosto de 2018

Laureles al becerro de oro

Tras su victoria en el Masters, Sergio García ha sido galardonado dieciocho años después con un nuevo premio Laureus al deportista revelación. Si con diecinueve años consiguió poner en jaque a Tiger Woods y revolucionar las estructuras del golf con su apasionado estilo, con treinta y siete ha conseguido algo más difícil todavía, ganar un torneo de Grand Slam cuando aficionados y expertos lo habían ido borrando de forma discreta de las quinielas.

Lo hizo, además, en Augusta National, un campo que le inspiraba sensaciones negativas, sobre el que había vertido duras declaraciones a propósito de su diseño y preparación. En un edén terrenal que, en su caso, desde muy pronto en su carrera, se había tornado en purgatorio.

He de confesar que a mí esto de los Laureus, toda esta lujosa parafernalia en torno a la que las élites del deporte se reúnen para entregarse unos premios al más puro estilo Oscar, me genera indiferencia. En mundos como el cine o la música el reconocimiento de los iguales puede suponer un impulso en el entusiasmo o la creatividad. No hay forma de graduar la calidad de un trabajo salvo atender a los ingresos por taquilla, índice cuanto menos sospechoso –basta con echar un vistazo por encima del hombro en la fila del cine. Así, los premios de la crítica, de los académicos y los que otorgan los jurados de los festivales adquieren relevancia como legadores de una forma de entender el arte que, en virtud del argumento de autoridad, va a terminar calando entre los consumidores hasta empapar la propia historia de las disciplinas con las etiquetas de “clásico” o “imprescindible”.

Sin embargo, la entrega de premios en el mundo del deporte me resulta innecesaria y redundante. Si en las industrias antes mencionadas no hay medida estandarizada para calificar un trabajo de malo, bueno o excelente, la cancha no encuentra inconveniente a la hora de distinguir el grano de la paja, el oro de la bisutería. La meritocracia, entendida como la suma de esfuerzos que moldean un talento de partida más la capacidad mental para rendir en el momento de la competición, determinará (junto con un componente de azar que solo entra en juego en el caso de méritos similares) quién pierde y quién gana en base a un sistema de puntuación más o menos justo. Los diferentes calendarios deportivos ofrecen estímulos suficientes: se bastan para reconocer a los mejores.

En cualquier caso, la ceremonia de los Laureus pone de manifiesto el estatus social alcanzado por los atletas, quienes ya no necesitan de la intermediación de los dioses griegos o romanos para desarrollar su actividad ni del altavoz de las odas de Píndaro para ser reconocidos, aunque fuera de un modo genérico. Si antes se decretaban treguas con motivo de los juegos, el deporte es ahora la continuación de la guerra por otros medios. A la pleitesía antes debida a los reyes, le ha seguido esta forma popular de idolatría, el mosaico de banderas que cubren los estadios, la ropa y los complementos de moda que buscan la adoración del nuevo becerro de oro, el que nos libera del insulso desierto de nuestras vidas.

P.D. Si no le he dedicado esta columna a Enrique Castro “Quini” es por un asunto generacional, no lo vi jugar en directo y todo lo que pudiera escribir tendría el regusto a lo intermediario y poco sincero. Si no he hablado del árbitro de baloncesto, tristemente fallecido hace una semana, Pepe San Agustín, es porque ya lo hice en mi modesta bitácora.