Sábado, 22 de septiembre de 2018

El hábito sí hace al monje

En ocasiones, y ante esta masacre siria que no cesa, esta sociedad nuestra que parece eternizarse en la inacción, me parecen una frivolidad y una estupidez mis propias reflexiones. La vida es así, la épica y la transcendencia para un rato, la mayor parte de las veces estamos abocados a la astracanada y al tono menor. Un tono que no lo es tanto. Uno se queda mirando las propuestas nacionalistas y las broncas patrias por un quítame la letra de un himno y todo mientras a la gente corriente, a la buena gente, en un país relativamente cercano, se les mata durante años sin que nadie pueda hacer nada. Todo mientras nos blindamos pagando a cancerberos crueles para que nadie entre en nuestra Europa privilegiada. Así de duro y de terrible.

Pero estamos inmersos en la farsa. Hablamos de ropa, hablamos de cambios de look, hasta de pómulos rellenos como los de mi deliciosa sobrina. Ella es un melocotón a punto de estallar de felicidad cada vez que sonríe. Tiene tres años, no sabe nada de los horrores de la guerra y de lo complejo que se está poniendo el mundo de la imagen. Porque reconozcámoslo, cada vez que nos vestimos enviamos mensajes, por ello el análisis exhaustivo de la apariencia de una diputada en concreto no es un acto en contra de las mujeres, sino semiótica pura. La misma que aplican esas mujeres que se visten de rojo fuerte y saben que van a distinguirse en medio de la gente. Y que dure. Que cada uno se ponga encima lo que le dé la gana, por supuesto, pero nada de ser ingenuos, la apariencia es un arma cargada de mensaje. De ahí los rojos poderosos de la reina Letizia, los sombreros conjuntados de Isabel de Inglaterra, los estampados poderosos y los tocados imposibles de Máxima de Holanda. Dar un mensaje. De poder, de seguridad, de indiferencia (el caso de Frances Mcdormand es magnífico, no me maquillo porque no me da la gana) de radicalidad… y dejar de darlo.

Evidentemente, Gabriel sabe lo que hace. Se ha quitado la camiseta anuncio y hasta el flequillo potente. Analizar el cambio no es una frivolidad ni una muestra de machismo, es puro análisis político, semiológico, una prueba más de la inteligencia del sujeto. El hábito no hace al monje, lo anuncia. A veces vestirse no es cubrirse con mayor o menor gracia, sino enviar un mensaje, en ocasiones bello, poético, en otras político y feroz. A mí me parece muy bien, yo respeto el gusto ajeno y me confieso una despistada de libro que a veces hace un esfuerzo por vestirse y otra, pilla lo primero que tiene planchado. Hablar de ciertas cosas a veces me parece de una inconsistencia absoluta, sin embargo aquí estamos, hablando de quién lava más blanco en el regato político del independentismo. O como atravesar un pasillo sin encontrarse con el hueco de una obra ¿De arte? censurada. Cualquiera diría que no hay otras cosas de las que hacer una columna.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.