Miércoles, 21 de agosto de 2019

In memoriam

El cansancio de un corazón fatigado y el desvarío de las células en el conducto pancreático, se han llevado por delante las vidas de dos creadores singulares, uno con lápiz comprometido y el otro con veterano cincel,  modelando viñetas de humor en “fraguas” y esculturas vivaces el “blanco”, habladoras desde el bronce y el papel de la sabiduría atesorada por Venancio y Antonio.

Renovadores del lenguaje artístico en pliego y piedra o en cartón y barro. Artistas en carne viva con alma literaria. Humanistas con humanidades propias. Apasionados de su oficio, incansables creadores y sabios educadores del modelado y la noticia gráfica, fueron el escultor charro y el humorista madrileño maestros sin tribuna universitaria.

La mesa y el taller, fueron lugares de ensueño donde alumbraron sus creaciones, dando vida a la deformada arcilla y al folio en blanco. Duradero testimonio y eterno legado de sus manos, obediente a la fuerza creativa que ha ilustrado durante años cada una de sus obras, sin prevenir la vocación de eternidad que les otorgaban.

Ahí queda el “Vaquero Charro” en nuestra Plaza de España como testigo. La broncínea alegoría musical a Gerardo Gombau en la Plaza de San Julián. El santo de Asís en el Campo de San Francisco. El medallón a los eméritos reyes en la Plaza Mayor. El San Fernando en el cuartel de Arroquia. Y el relieve en el Instituto de Secundaria que lleva su nombre.

Permanecen con nosotros los “marianos”, las inolvidables “conchas”, los entrañables “náufragos”, los tardíos “romerales” y los eternos “blasillos”, personajes cargados de humanidad, hijos del catedrático del humor, que durante cincuenta años fueron viñetas inmortales en los “papelines” de El País, La Codorniz, Hermano Lobo, El Jueves, Interviú y tantos otros noticieros.

Nos queda la muestra permanente de obras escultóricas del matillense en la sala de exposiciones de Santo Domingo, su religiosidad convicta, sus Cristos doloridos, los personajes inmortalizados en bronce y su taurinidad, traducida en toros y toreros, testimonio de la charrería que le vio nacer entre encinares y reses bravas.

Heredamos del madrileño viñetista los “forgendros” que enriquecieron el diccionario popular con “esborcios” inesperados, “jobreídos” repentinos, “forrenta” años y “tontolcooles” merecidos por los tontos del culo que seguiremos soportando en vida, porque aquí no quedará nadie en la historia “Forgesporánea” que hemos compartido juntos, acompañando a Pilar.

Adiós a don Venancio y don Antonio, con nuestro agradecimiento por mostrarnos con sabiduría y ternura la estupidez humana; por alentar la solidaridad y justicia social; por su compromiso social; por abrirnos con su arte el camino a la reconciliación; por su hechizo y seducción. Gracias, en definitiva, por su generosidad, su talento, su creatividad, su entrega y su arte que tanto ha contribuido al buen entendimiento entre todos.