Viernes, 19 de octubre de 2018

Un país irrespirable

“Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración.”

Artículo 30 de la DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS, de la Organización de las Naciones Unidas, de 10 de diciembre de 1948.

Que España se está volviendo un país irrespirable, es una certeza que va calando en el pensamiento de cada vez más ciudadanos, asombrados de la rápida merma de la posibilidad de ejercer derechos fundamentales que está infectando un país gobernado, además, por una clase política cuya mediocridad e indigencia intelectual tanto nos avergüenza cotidianamente. La prensa internacional (la inmensa mayoría de la nacional se ha convertido ya en alcahuete del poder) denuncia la baratura de la democracia española y los ataques que están sufriendo en este país las libertades fundamentales, especialmente en lo que se refiere a la libertad de expresión en sus múltiples formas.

Pero no solo. Organizaciones internacionales nada sospechosas de connivencia con el Estado, como Amnistía Internacional, denuncian claramente la regresión en la posibilidad del ejercicio de derechos fundamentales que se ha producido en España y el progresivo endurecimiento de las sanciones y condenas por el de la libertad de expresión, debido a interpretaciones judiciales extremas o forzadas de unas normas, además, de gran fondo represivo.

Detallar la interminable relación de atropellos vividos últimamente (y crecientemente desde hace lustros coincidiendo con los gobiernos de un partido político soez), sería el escalofriante relato de la caída en las garras del reaccionarismo más meapilas, ignorante, vulgar, sumiso y servil en que han hundido a este país unos responsables institucionales, y sus edecanes parlamentarios, al parecer empeñados en retroceder a las cavernas de la represión y el orden impuesto a su capricho.

Los informes internacionales de organizaciones de defensa de los derechos de ciudadanía, alertan de que España se sitúa en los últimos lugares entre los que respetan los derechos humanos, especialmente el de la libertad de expresión, diana de toda dictadura que en la Historia ha sido y pesadilla de visionarios y caudillos de todo tipo.

Que en pleno siglo XXI tengamos que enfrentarnos con la censura de prensa y de publicación, con el secuestro de libros y obras de arte, condenas por ofensas a los ‘sentimientos religiosos’(?) o ‘injurias’ a la Corona (!), la prohibición de canciones, actos o pancartas, o la condena a twiteros por frases, fotos o chistes pretendidamente subidos de tono, da la medida de la imparable enfermedad liberticida de un país colonizado por la poquedad, la escasez política, la vulgaridad intelectual y la insignificancia democrática.

No será este un artículo más de indignación por la caída en el pozo de la ignominia de un país crecientemente ensordecido por banderías e himnos, ridiculizado por nacionalismos de todo tipo y cegado por un discurso político e institucional de una medianía exasperante. Pero sí se apoyarán estas líneas en la columna del buen juicio y la razón de quienes ejercieron la bendita manía de pensar y redactaron párrafos como los que siguen, en el Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (firmada también por España):

“Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana;

“Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias;

“Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión;

“Considerando también esencial promover el desarrollo de relaciones amistosas entre las naciones;

“Considerando que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres, y se han declarado resueltos a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad;

“Considerando que los Estados Miembros se han comprometido a asegurar, en cooperación con la Organización de las Naciones Unidas, el respeto universal y efectivo a los derechos y libertades fundamentales del hombre, y

“Considerando que una concepción común de estos derechos y libertades es de la mayor importancia para el pleno cumplimiento de dicho compromiso;

LA ASAMBLEA GENERAL proclama la presente DECLARACIÓN UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los de los territorios colocados bajo su jurisdicción.”