Domingo, 25 de agosto de 2019

Cuando la luz se derrama

Era otra mi columna de hoy, esta urgencia ha llegado de repente. Hoy parece necesario hablar de aquello que sucede, en la garganta, cuando alguien que te ha enseñado a abrir los ojos los cierra para siempre. Lo cierto es que él estaba ahí, cada mañana, haciéndote reír con el veneno de una sátira que, viniendo de él, era solo medicina, la dosis justa de punzada o el apenas atisbo de dolor que obligaba a parpadear a pellizcarse. El apenas atisbo de olor que te impulsaba a no cejar en el tener bien despierta la conciencia. Para mí cada noche era feliz, a medianoche, porque antes de quedarme dormida lo buscaba, en la pantalla diminuta de mi dispositivo electrónico, en la versión digital del periódico sección opinión abajo, en las viñetas, y encontraba, vigente, su consejo trasnochado no te olvides de Haití. Esa bandera, ese grito, que él sostuvo casi solo para recordarnos, a todos, que no hay fulgor ni belleza cuando se hace la vista gorda al dolor de muchos o de pocos.

Hay un momento en la vida en que empiezan a irse. Han pintado el mundo que conoces y así te lo entregan, te pasan el relevo y el testigo es una antorcha que susurra que no te olvides de Haití. Pienso en esa viñeta vacía, de hoy en adelante, y algo me cruje por dentro. Ese vértice, ese borde que traga, que nos va llevando, detrás del cual el gran silencio es una boca, una garganta que engulle la cascada de luz y la resbala, gota a gota hasta la nada, en el estómago del universo. Ese espacio de viñeta vacío que ahora es blanco y luz derramada, la chispa del jersey de la añoranza cuando roza su no estar más aquí.

No conocí a Antonio Fraguas, Forges, en persona, por qué, me pregunto, por qué me rompe no encontrarlo hoy en su rectángulo. Entonces entiendo ese lazo de lo humano, esa cuerda sostenida, esa danza la ronda de Matisse, mano con mano haciendo el círculo enorme de todos, de tantos latiendo al mismo tiempo, compartiendo mundo y el paso de los años. Siendo juntos la especie que se puso de pie y empezó a hablar, los bípedos sin plumas, los a veces nefastos, los muy raros. Hay algunos en la ronda que encienden, para otros, el cuenco de su alma con el fuego del trabajo y lo escancian sobre cada oscuridad. Para que duela menos la ceguera. Para que, viñeta a viñeta, el mundo baile mejor o, al menos, con menos ignorancia. Esos que son lámparas porque se les derrama, desbordada, la luz que les brilla por dentro. Esos que abren las manos y dibujan y cantan y escriben y sueñan y callan y creen, creen que todo puede ser mejor, mejor, mucho mejor, esos que insisten en resistir los cuatrocientos golpes cotidianos de la desesperación y se levantan dos números antes del nocaut, se levantan, todos los días se levantan, esos que saben descansar en lo difícil y aceptan la responsabilidad de remar del lado de la fuerza que no apoca el vuelo. Y con su luz derramada nos empapan de esperanza.

¿Cuál habría sido la viñeta del día de tus ojos cerrados, Forges, si hubieras podido escribirla? No te olvides de Siria, nos dirías, ni de los refugiados, ni de la Venezuela hambrienta, ni de la España que duele, ni de los platos rotos, ni de las esquinas sucias.

Era otra mi columna de hoy, esta urgencia ha llegado de repente. Ese hueco en la noche te ha robado el aliento y nuestro mundo ha perdido nitidez, pues hay un par de ojos, los tuyos, que ya no lo mirarán desde este lado. Me gusta imaginar que allí, en donde estés, habrás hecho un dibujo oportuno del temible Caronte. Me gusta imaginar que estás haciendo una fiesta memorable en las aguas del Leteo. Contra el olvido. Contra todos los olvidos. 

(Forges, in memóriam, 1942-2018)