Jueves, 22 de agosto de 2019

Leo, viajo y viceversa

Cuando llegué a Perú me pidieron que encendiera la luz  del salón y no encontraba el interruptor. Cuando al fin di con él no me pude reprimir: “está  al revés”. Y aprendí una lección de las que no tienen precio: “Al revés estará en España, aquí está en su sitio”.

Corría el mes de julio de 1993 y yo apenas si había leído a Vargas Llosa que, dicho sea de paso, es el menos peruano de los autores del Perú. Total, que para empaparme aún más del lugar y la idiosincrasia del pueblo en el que iba a vivir durante, al menos, un año; me recetaron dos obras maestras de la literatura que devoré, degusté y aún a día de hoy saboreo cada vez que las recuerdo. La primera fue “El mundo es ancho y ajeno”, de Ciro Alegría. Después vino la maravillosa y brutal “Todas las sangres” de José María Arguedas. Y pude atisbar la riqueza de un país y la profundidad de sus gentes.

Traigo todo este rollo literario aquí porque acabo de llegar de un viaje por Guatemala y El Salvador con un nuevo descubrimiento literario. Lo devoré en el avión de una tirada. Es una novelita de Horacio Castellanos Moya que lleva por título “El arma en el hombre” y que narra las vicisitudes de un ex combatiente salvadoreño que acaba ocultándose en Guatemala. Y da la casualidad de que recorre los mismos lugares en los que me ha tocado grabar. La riqueza de la lengua, el diferente español hablado a uno y otro lado de la frontera centroamericana, la trepidante acción sin adornos de la historia, lo pegada que está a la Historia… me han fascinado.

Y me ha dado por pensar lo bueno que es leer para viajar pero, sobre todo, lo bueno que es leer a los del lugar para entender a dónde se viaja. Me pasó en mi viaje a Argentina. Durante el vuelo de ida me empapé el complicado “Martín Fierro” de José Hernández. Un clásico de la literatura de la Pampa que, para entendernos y salvando las insalvables distancias, podría equipararse a nuestro “Don Quijote de la Mancha”.

De mis dos pasos por Honduras también me he traído textos que me han ayudado a comprender mejor el país y lo que en él se cuece. Dos novelas clásicas que estudian los jóvenes de secundaria y que me han ayudado a contextualizar todos los reportajes que allí grabé. Una es “Blanca Olmedo”, la obra que en 1908 escribió Lucila Gamero de Medina a modo de historia romántica donde se retrata una sociedad injusta, hipócrita y machista. La otra ha sido “Cipotes”, de Ramón Amaya Amador. Una conmovedora historia de niños que sobreviven en las calles y que hace recordar al Tom Sawyer de Mark Twain en versión catracha. Un texto escrito hace más de cincuenta años y que sigue de absoluta actualidad. Me gustó tanto que hasta me he hecho con otra novela del mismo autor: “Prisión verde”. 

Y sí, no hay nada como viajar para comprender que el mundo es incomprensible. Y leer de donde se viaja es el remate perfecto para dejar de entender sobre ese lugar y sus gentes lo poco que uno creía saber. Un saludable ejercicio de humildad.