Jueves, 22 de agosto de 2019

Obras son amores

Cuando leo que las ajedrecistas Anna y Mariya Muzychuk perdieron títulos y dinero por no acudir a un campeonato en Arabia Saudí a causa de la desigualdad que este país innoble ejerce sobre las mujeres, las suyas y las ajenas, no puedo por menos que felicitarme. Obras son amores y no buenas razones, decía mi abuela, y hay que ver qué necesidad de más obras y menos declaraciones necesitamos. Obras y no cuotas. Obras y sobre todo, conciencia y valentía… valentía para decir NO, valentía para renunciar a facilidades y prebendas por el mero hecho de ser mujer. Yo lo soy, lo ejerzo y no me molesta que un hombre me abra la puerta o me ayude a ponerme un abrigo. No, me molesta que me consideren de menos porque soy, desde muy joven, independiente, solvente y capaz de valerme por mí tenga o no pareja.

Hace muy poco le leí a la poeta Isabel Miguel una queja cierta, hemos hablado hasta la saciedad de la famosa intervención de Montero acerca de las “portavozas”, pero hemos silenciado otra muerte de una mujer a manos de su pareja. Cierto. Este goteo en sordina parece hacérsenos inevitable. Y no, hablar de esta lacra es una necesidad, un grito constante. Y forma parte de ese discurso del que no podemos sustraernos: la mujer ha de ser fuerte para no someterse ni al miedo a perder el amor, perder a los hijos, perder el trabajo, perder la oportunidad de salir de casa de noche… ni a la barbarie que nos rodea, esa que nos obliga a ser perfectas, a tener la casa, la cara, la ropa, los niños, el trabajo en perfecto estado de revista ¿A santo de qué tanta obligación? Cada uno hace lo que puede, lo que quiere y lo que sabe, y sin reparar en sexos. Somos perfeccionistas desde la cuna ¿Nos lo inculcan o lo traemos de fábrica? Pero las cosas cambian. Las Muzychuk se niegan a ponerse una abaya, los trabajos se llenan de mujeres, mujeres que están en política, mujeres que escalan, poco a poco, todos los espacios… y sin necesidad de cuotas, sin necesidad de aprovecharse de nadie ni denunciar falsamente para quedarse con los hijos, sin necesidad de estar en guerra con los hombres.

Las mías son mujeres que aprenden a sustraerse de la rivalidad hacia otras mujeres y se centran en lo que verdaderamente quieren. Mujeres que viajan solas, mujeres que buscan una forma diferente de llegar a la vejez, al retiro activo. Mujeres que, como mis amigas, jamás se cuestionaron si debían trabajar o no, trabajan, reparten equitativamente el trabajo de la casa, el cuidado de los hijos y de los padres, no esperan que sus parejas las acompañen a nada que estos o estas no deseen, que son, en suma, todo lo independientes que se puede ser junto a hombres que también lo saben y lo practican.

Mujeres que, en ocasiones, nos hemos sometido a la tiranía del amor y a sus caídas en la adicción, pero de cuyas consecuencias hemos aprendido para seguir, paso a paso, partido a partido. Y quizás ese es el camino, avanzar, saber bien que obras son amores. Y seguir gritando que no es posible que nos sigan matando. Y bravo por las Muzychuk y por todas aquellas y aquellos que siguen ahí, peleando, trabajando, diario, diario. Tantas, tantos, tanto.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.