No sólo es ofensa, también hay odio

Hace más de dos mil años, cuando se juzgaba a un Hombre inocente, el acusado daba una lección de magnanimidad. Un soldado acaba de dar la primera bofetada a Jesús en presencia de Anás y, acto seguido, se da cuenta de que ha empleado el argumento de los que no tienen razón. Ha visto que el Nazareno ha sido capaz de curar la herida de Malco en el huerto de Getsemaní e instintivamente se mira la mano esperando que, de un momento a otro, aparezca el castigo de aquel que tiene poderes mágicos.

En todas las épocas han surgido inconformistas dispuestos a abofetear a la Iglesia allí donde más daño pudiera causarla. Cualquier disculpa vale para ofender a quien no suele tomarse la revancha. Poco importa dónde esté la verdad; no se puede tolerar que alguien venga a decirnos lo que está bien y lo que está mal. Ya somos mayorcitos y, además, la libertad nos ampara. Pero, aunque sea muy dentro, a todos nos habla la voz de la conciencia. Si nos lo proponemos, seremos capaces de acallar esa conciencia; así estaremos mucho más cómodos. Ahora bien, si después de conseguir que se calle nuestra conciencia, viene alguien a recordarnos lo que no queremos escuchar, hay que acabar con ese alguien, como sea.  De esta forma hemos asistido a persecuciones, detenciones y ejecuciones de los seguidores de ese Jesús que ponen la otra mejilla y, encima, dicen que nos perdonan. No cabe duda que personajes así resultan muy peligrosos. No se pueden ir de rositas; alguien tendrá que pararles los pies porque están metiéndose donde no los llaman.  Si el Estado de Derecho marca unas reglas que incomodan nuestras aspiraciones, hay que acabar con él. Si la Iglesia Católica se saca de la manga unas recomendaciones que atentan contra nuestra forma de entender la vida, alguien tendrá que ponerla en su sitio. Siempre ha sido así.

Desde que han hecho su aparición los movimientos populistas y antisistema, parece como si se quisiera acabar con la ley natural; esa forma de entender la vida empleando la razón para optar entre el bien y el mal. De otra forma no se entiende que existan organizaciones políticas que se pongan del lado de los terroristas y en contra de las víctimas, o que se muestren partidarias de saltarse las leyes para conseguir sus fines, aunque para ello sea necesario emplear la violencia o llegar hasta el derramamiento de sangre inocente. Los nuevos apóstoles de estas corrientes de pensamiento abogan por la supresión de todo aquello que pueda suponer acatamiento de la ley y cumplimiento de las normas de convivencia; mucho menos si ello conlleva sacrificio y respeto de los derechos de los demás.

A riesgo de recibir el rechazo de quien se dé por aludido, la llegada al poder de los partidos de extrema izquierda ha hecho más frecuentes las ofensas al poder establecido, cuando no es de su color, y siempre a la Iglesia Católica que parece ser la responsable de todos sus problemas. Cuando la izquierda ha llegado al poder, y mucho más cuando se ha visto en peligro de perderlo, ha puesto su punto de mira en la Iglesia. Unas veces intentando –y consiguiendo—arrebatar su patrimonio, y otras atentando gravemente contra la integridad física de sus miembros. Vuestros padres políticos no dudaron en eliminar a millones de seres inocentes, sencillamente porque no pensaban con ellos. ¿Pensáis hacer lo mismo ahora?

Ahora estamos atravesando la etapa de la burla ofensiva. Sabedores de la casi segura impunidad que se derivará de sus actos, asistimos a un rosario de blasfemias y barbaridades que nunca se atreverían a dirigir a otras religiones que se cobran con creces cualquier ofensa. A eso le llamo yo cobardía. Está muy bien puesto el refrán: no ofende quien quiere, sino quien puede. A los cristianos, más que ofendernos, nos dais pena, porque estamos seguros de que no os mueve ni la razón ni el deseo infantil de pretender ofender. No, a vosotros lo que os mueve es el odio, y el que odia nunca es feliz. Pretendéis ofender a alguien que os tiene lástima, así no lo conseguiréis nunca. Es más, así nos haréis cada vez más fuertes, hasta que consigamos que os caigáis del caballo.

Yo animo a los responsables de esos ayuntamientos tan empecinados en ofender a los católicos, que dediquen todos sus esfuerzos –y , sobre todo, sus fondos—a mejorar los servicios sociales de todos, católicos y no católicos, que estoy seguro que os los tendrán más en cuenta que los ataques burdos y muy poco afortunados de alguien que se las da de culto e instruido.