Psicopatías.

Seguramente Vds. habrán visto u oído hablar de una famosa película titulada “El silencio de los corderos”. Anthony  Hopkins actúa en ella como sádico asesino en serie. Es decir, como un psicópata consumado. Los medios de comunicación nos informan, un día sí y otro también, de crímenes atroces, perpetrados por persona corrientes, de cualquier edad y condición social. La alarma social que provocan, la indignación que suscitan tales conductas, están de sobra justificados. Sin embargo, las medidas adoptadas por vía penal, en mi opinión, no son las adecuadas. Con mayor precisión: no se corresponden con la información científica que hoy se tiene acerca de esos trastornos de la personalidad. Información prestada por los enormes y continuos avances en la neurociencia.

            En el ámbito penal se considera culpable al sujeto imputable. Será imputable aquél que posea capacidad personal de evitar el hecho y pueda, además, conocer su antijuridicidad. En otros términos, el autor de los hechos quiere llevarlos a cabo y sabe ser contrarios a derecho. No siempre fue así. Antes del movimiento ilustrado (s.XVII/XVIII) los enajenados mentales respondían penalmente por sus crímenes. Afortunadamente, los avances de la ciencia y del laicismo (humanismo) permitieron considerar como no responsables penalmente a un deficiente mental o a al sujeto que sufría una crisis sicótica en el momento de la comisión del delito. Las brujas y los poseídos por los demonios poco a poco dejaron de ser quemados en la hoguera ¡Aleluya!

            Hoy se nos plantea el mismo problema con otra clase de “delincuentes”: los psicópatas. Esta afección no está aún reconocida como enfermedad mental por la OMS (Organización Mundial de la Salud). Tampoco, por los que juzgan tales comportamientos. Como mucho, los jueces aprecian una atenuante si la psicopatía se asocia a una enfermedad mental “canónica”. Sin embargo, cada vez crece más el número de siquiatras que abogan por tal reconocimiento. Quiero decir, por aquellos que opinan que la sicopatía no es una “enfermedad moral” y sí “mental”.

           En la actualidad, el psicópata es imputable dado que: “quiere” y “sabe”. Matar de la manera más cruel no les conmueve, incluso disfrutan en ello. Quieren hacerlo. A su vez, planifican con antelación su cometido para no ser inculpados o apresados. Saben que podrán ser castigados.  ¿Serán entonces inimputables? ¿Habrá que encerrarlos de por vida?        

          Hoy no existen otras alternativas y el juez debe aplicar la ley penal o caso contrario prevarica. Sin embargo, ¿son las oportunas? Muchos pensamos que no. Resumo en dos líneas lo que llevaría varias páginas. Las técnicas de neuroimagen aplicadas a este tipo de personas indican afecciones morfológicas (lóbulo frontal, corteza prefrontal); cambios en componentes del sistema límbico (procesos emocionales); anormalidades de la actividad eléctrica cerebral y correlatos bioquímicos. Disfunciones, todas ellas, que afectan a la cognición en lo referente a la capacidad afectiva y un déficit en las funciones ejecutivas y atención dividida. En suma, desde una perspectiva médico-organicista parecería obvio atribuir a tales anomalías un indubitado condicionamiento de la facultad cognitiva de tales personas (pacientes). Y, otro dato, existe acuerdo en considerar la herencia genética, y no la aprendida, como origen de la mayoría de tales conductas. 

            Entonces, aunque sólo sea por precaución, se debería abandonar el paradigma moral y sopesar seriamente el de la enfermedad mental. Se debería aparcar la demagogia punitiva como panacea (cadenas perpetuas) y la explotación del sufrimiento de las víctimas a los solos efectos del acarreo de votos ¡Basta ya de barata demagogia! A su vez, se debería aportar fondos destinados al estudio de estos trastornos, medidas cautelares aplicables y tratamientos psiquiátricos en sede penitenciaria. Todo ello en espera de una necesaria actualización del principio penal de culpabilidad vigente. Dicha actualización debería tener en cuenta y por este orden: primero las propiedades del ser (las consideraciones científicas) y en atención a ellas las del deber ser (las normas).