¡Y a mí qué me importa!

 Las RRSS crean tendencias muy curiosas (por llamarles de alguna manera) y desconocidas hasta ahora. Lo machacan todo, lo airean todo: lo bueno, lo malo,, la ruina moral de la gente y las bondadosas y ejemplares actitudes. En muchos casos se produce en el personal un ejercicio de osadía desmesurada y oscena amparada en la máscara del anonimato. ¿Cómo llamaríamos a eso? ¿cobardía cibernética, quizá? No sé, algo así.

 Lo que más me llama la atención y me irrita, porque yo de envidioso soy lo normal, es esa gente, con nombres y apellidos, que hace de su vida, familia, hijos, nietos y allegados en general, una telenovela de aventuras en colorines o un diario-bisturí de todo cuanto hace, disfruta, sufre, vive o le apasiona…y lo cuenta y fotografía todo, con pelos  y señales en el Facebook, Twiter o Instagram, con un exhibicionismo descarado y hasta procaz.

 Me parece un hallazgo extraordinario el aspecto solidario que construyen las RRSS en determinados proyectos, empresas, publicidad, etc. Lo aplaudo sin reservas. Pero la fórmula del todo vale, explicando en un constante catálogo público tu vida, me parece una falta de respeto a los demás porque supones que lo tuyo es muy importante y debe conocerlo todo el mundo. Y no es así. Nadie es el ombligo del universo.

 Y otra cosa: si soy feliz, si soy desgraciado, si tengo esperanza, si necesito ayuda, si quiero  prestártela, si tengo ilusiones o las he perdido…hablémoslo, por favor. Hablar, hablar, hablar. No tecleemos, hablemos, a la cara, a los ojos, de la mano, abrazados. Contemos nuestra vida a quien de verdad nos importa que la escuche.

  Por eso yo, que desde que tengo uso de razón, me creo buena persona, me pregunto muchas veces para mis adentros cuando navego: ¡joder, y a mi que me importa!.