Sábado, 17 de agosto de 2019

Hablar aquí, hablar allá

Aquella tarde yo tenía mucha sed y el oro bruñido al sol de aquellas frutas me hizo la boca agua. Entonces me acerqué para comprar unas cuantas y, cuando llegó mi turno, le pedí al frutero que me vendiera, por favor, un kilo de duraznos. Él se quedó mirándome, desconcertado, y, un segundo más tarde, descolgó media sonrisa de sus labios como si hubiera encontrado algo sabroso en qué pensar. Desde el filo de esa sonrisa me miró con gesto quieto y pronunció, en cámara lenta, la frase siguiente: «estos no son duraznos. Cuando sepas cómo se llaman regresa por aquí y te los llevas». Mi primera reacción fue airada, cómo se atreve, salí de allí nerviosa, sosteniendo a duras penas el mareo de haber hecho un ridículo terrible y acusando mi sed de muchos días en una tierra extraña. Acababa de llegar a la otra orilla del mundo y había perdido piso, gravitaba a mis anchas como un extraterrestre. Recuerdo que quise ponerme a llorar y, sin embargo, decidí seguirle la corriente al frutero para ver hasta dónde me llevaba su juego. De acuerdo, le dije desde lejos, y caminé calle arriba con la intención de preguntarle al primero que pasara cómo se llamaban esas bolas amarillas, peludas, turgentes y tentadoras, repletas de agua dulce y pronta para saciar la sed que me estaba quemando. Regresé al lugar con la respuesta y pronuncié mi abracadabra. Le pedí al frutero que me pusiera, por favor, un kilo de melocotones. Aquí los tienes, cogió una bolsa de papel que ya había preparado, estos son de regalo, bienvenida a Salamanca.

Fue entonces cuando, con un buen trozo de melocotón en la boca y exprimiendo su jugo como quien lame un oasis, entendí que un viaje de diez mil kilómetros siempre supone encontrar un nuevo mundo, vayas en la dirección que vayas.

Trasladar la vida de un país a otro supone, en algunos casos, la paulatina adquisición de una lengua y una cultura distintas. El aprendizaje de otro idioma y de otros modos de ser sucede, para el migrante, de manera simultánea. Pero cuando un hispanohablante llega a otro país en el que también se habla español, debe ser especialmente cuidadoso para evitar sobreestimar su propia capacidad de comprensión de la nueva cultura pues, si bien la lengua que hablamos es la misma (un noventa por ciento del vocabulario es reconocible por todas las variantes del español que comparten sistema y estructura gramatical), pronto se descubre que hay matices sumergidos en cada palabra, gradaciones que sostienen el significado de manera diferente, capas geológicas del idioma, ondulaciones en el territorio del decir y del decirse que, a ojos de un macondiano, entrañan el mismo enigma que se enrolla en los troncos de las encinas vistas por primera vez.

La cosa es que hablar la misma lengua del país al que vienes hace que todo sea más fácil al principio, pues sabes cómo pedir direcciones para encontrar el baño y la estación del metro. Pero diecisiete días y ocho horas más tarde descubres que tendrás que ser minuciosa en la labor de rascar hondo, de hundir las orejas en la masa que oculta un haz de voz disperso en arco iris de sentidos distintos. Es en ese momento cuando aterrizas, de verdad, en el país al que has llegado y empiezas a pedir melocotones en lugar de duraznos. Cuando dices vale en vez de okey, cuando contestas al teléfono con un hola o un diga en lugar del consabido aló hijo del anglo. Cuando dices me pone o me da en lugar de me regala, cuando invitas un tinto y quieres decir un vino rojo, cuando sabes que si pides un solo te traerán un tinto y cuando sales a hacer la compra en lugar de ir a mercar. Cuando enciendes la bombilla en lugar del bombillo. Cuando descubres los caquis. Cuando expulsas de tu lista de la compra los chontaduros, las curubas, los lulos, las guanábanas, para no decepcionarte pues aquí no los encontrarás. Cuando compras sandía en lugar de patilla y cuando llamas por el nombre de plátano a todos los bananos de cualquier tamaño y procedencia. Cuando dejas de usar diminutivos porque empiezan a parecerte redundantes. Cuando el aceite de oliva es baratísimo. Cuando añoras comerte unas arepas y aprendes a pedir barras de pan. Cuando en lugar de tenis llevas zapatillas de deporte, cuando empiezas a decir vengo de allí, cuando dejas de extrañar para empezar a echar de menos. Cuando cambias el allá por el allí por la única razón de que ahora estás aquí y bien ha dicho aquel que dijo que a donde fueres haz lo que vieres. Y entiendes que el viaje no es solo el del avión, sino también ese otro que te lleva, por dentro de ti misma, a una región de ti que no conoces: a ese yo que eres cuando hablas usando el vosotros y que se parece, pero no es exactamente igual, al yo que se llama con tu nombre cuando estás del otro lado. Cuando sabes mimar y apapachar al mismo tiempo.

A estas alturas de tu estancia en mundo nuevo, aunque lo llamen viejo, el frutero ya te reconoce y te hace bromas (allí habría escrito chistes) y te pregunta cómo se dice esto en tu país y le contestas papas y él se ríe haciendo fiesta y te dice que no y que no y que no, que estas de aquí son las patatas. Después te ofrece una porción de maní, no sin antes advertirte que, ojo, estos se llaman cacahuetes. Y sales de allí sintiéndote más ancha y más oronda, más sabida y más sabia, de aquí y de allá, de allí y de acá, con el corazón pulsando al ritmo de dos horarios diferentes, dejando ya de sentirte extraterrestre, tocando por fin suelo en ambas casas.