Martes, 16 de julio de 2019

Este es el tiempo de la misericordia

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Se dice que un anciano subió a las cumbres del Himalaya. Todos se extrañaban del prodigio. Alguien apuntó la respuesta verdadera: "Subió con sus pies a las cumbres porque su corazón subió primero". Y, por supuesto, que se puede cambiar la realidad de muerte en vida, si tenemos corazón y lo queremos. 

  El  diccionario nos define la misericordia como la: “Virtud que hace al hombre compadecerse del dolor o infortunio ajenos”.

  El Papa Francisco nos da unas definiciones y nos die que “Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado”.

   Dios es Misericordia. Tanto nos ama que ha enviado a su Unigénito “para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17). Él ha venido “para anunciar el Evangelio los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad  y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor" (Lc 4, 18-19). Todo lo que realiza Jesús con todos los que se le acercan: pecadores, pobres, enfermos, “lleva consigo el distintivo de la misericordia” (Papa Francisco).

   “Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7).

  La misericordia es solidaridad y compromiso de amor eficaz hacia los hermanos en la necesidad y en la miseria;  es perdón y reconciliación de las ofensas recibidas y cometidas. La misericordia siempre une los corazones, crea fraternidad,  aleja del que la practica, el odio, la división, la injusticia y la violencia. 

  La misericordia es un aspecto del amor que, viendo la necesidad por la que pasa el otro, trata de aliviarla. El misericordioso trata de ponerse en el lugar del otro, siente compasión por él, comparte su sufrimiento y hace todo lo posible por ayudarle. A pesar de que el ser humano se sienta movido a compasión, su misericordia será limitada ya que no tiene los medios para borrar todo el sufrimiento de la persona. La necesidad de concretar los sentimientos de caridad se termina en las obras de misericordia. La credibilidad del cristiano está en el amor que brinda a los demás, en la misericordia que ejerce, especialmente, con los necesitados. En todo su comportamiento: palabras, gestos, acciones debe brillar el amor y el perdón.

  El samaritano se ha convertido en el hermano del herido. No por su religión, por su raza, su nacionalidad o ideología, sino simplemente por la práctica de una acción de misericordia.

  Así, mi prójimo no es el que comparte mi religión, mi patria, mi familia o mis ideas. Mi prójimo es aquel con quien comparto mi vida porque nos necesitamos unos a otros.

Para acercarse al hombre herido, el buen samaritano ha tenido que hacer un esfuerzo para salir de sí mismo, de su raza, de su religión y de sus prejuicios. “... porque los judíos no se tratan con los samaritanos.” (Jn 4, 9). Ha tenido que dejar de lado su mundo y sus intereses personales. Ha abandonado sus proyectos, ha dado su tiempo y su dinero. En lo que se refiere a los demás personajes de la parábola, el sacerdote y el levita, no quisieron abandonar sus proyectos considerándolos más importantes que la invitación a ser hermanos del herido.

  Ser hermano de otro conlleva compartir su vida: riqueza, cultura, mentalidad y todas sus necesidades. Las “obras de misericordia” son la ocasión que se nos brinda durante la peregrinación de nuestra vida, para ser “misericordiosos como el Padre”.

  La misericordia como perdón de las ofensas es la otra cara del amor fraterno. Si la misericordia como compromiso de amor construye la fraternidad, el perdón mutuo reconstruye y consolida la fraternidad.

  ¿Qué es la reconciliación cristiana? La reconciliación es restablecer la relación de amor que había antes de la ofensa, es la restauración de la fraternidad destruida. La reconciliación es el reencuentro del hijo con el Padre: “Me pondré en camino a donde está mi padre...” (Lc 15, 18).

  A través del sacramento de la reconciliación nos convertimos a Dios y a los otros. Dios recibe nuestro arrepentimiento y conversión y nos da su gracia de amor y misericordia para poder seguir caminando.

  “Este es el día del Señor, este es el tiempo de la misericordia”. Esta frase la escucharemos a lo largo de la Cuaresma. La Cuaresma es un tiempo propicio para bucear en la misericordia de Dios Padre.